La historia de un Fénix peruano
La perseverancia vence...
A la entrada del local, un rótulo: Taller Metal Fénix. José resolvió bautizar su negocio con el nombre de esta ave mitológica a la que, según cuenta la historia, se le concedió el don de la inmortalidad a través de la capacidad de renacer de sus cenizas. “Pienso que los inmigrantes, después de todas las travesías que realizamos para lograr salir adelante en un entorno desconocido, somos como esta ave, que gracias a su fuerza interior resurge y cada vez se fortalece más”, asegura.
Por Yaneth Cadena Ledesma
José Bernardo Figueroa López es un hombre comprometido con su país, y un emprendedor nato que llegó a Barcelona con una idea bien clara: trabajar y sacar adelante a su familia. Desde entonces han pasado 14 años y hoy en día no sólo regenta el taller Metal Fénix, que se dedica a la carpintería de aluminio, sino que además se ocupa de la organización de actividades y eventos artísticos para fomentar la cultura de su Perú natal, así como la creación de espacios para apoyar a nuevos artistas y organizaciones.
José tiene 52 años y nació en Trujillo, capital del departamento de la Libertad y reconocida como la Capital Nacional de la Marinera, un baile típico que se origina en el mestizaje étnico y que se caracteriza por su elegancia y vistosidad.
Este descendiente de la cultura Moche sabe bien lo que significa tener que luchar y rebuscarse la vida. Con 20 años, y un hijo de dos, tuvo que salir de su país a ganarse el pan para su familia. El primer lugar de destino, como el de muchos otros latinoamericanos, fue Venezuela, donde estuvo trabajando durante un año, hasta que el famoso caracazo ocurrido en 1989, lo mando de vuelta a su tierra.
Brasil fue su segundo destino. Durante dos años trabajó de forma ilegal en empresas que le contrataban para realizar el mantenimiento de maquinaria industrial, hasta que unos amigos le propusieron viajar a la Guayana Francesa, porque según ellos las oportunidades laborales eran mejores y se ganaba mucho más dinero. José no lo pensó y se embarcó a bordo de una balsa hecha con tablas, en una travesía que duro más diez horas por el Río Oiapoque, y atracar en el paso fronterizo de Saint Georges.
Nuevamente su viaje fue frustrado porque no podía entrar sin los “dichosos papeles”, así que regresó al municipio de Macapá en la selva brasilera, y por la noche volvió a intentar ingresar el la Guayana. En esta ocasión contó con más suerte e ingresó directamente gracias a un amigo que le explicó todas las tretas para pasar desapercibido. Durante años laboró para algunas empresas, e irónicamente estuvo ingresando de forma ilegal al Puerto espacial de Kourou, donde realizaba trabajos de mantenimiento y reparación de plataformas. “Como yo era buen trabajador y conocía bien lo que hacia, los jefes que tenía me llevaban a trabajar al puerto, que estaba constantemente vigilado. Siempre que necesitan arreglar alguna maquina me venían a buscar”, recuerda.
A la tercera va la vencida
La tercera vez que emigró lo hizo con todas las de la ley, y fue la definitiva. Llegó a Barcelona en 1986, con un contrato de trabajo para el servicio doméstico, unos cuantos ahorros, un techo donde meter la cabeza y la ayuda incondicional de su mujer, Helena, que estaba establecida en Barcelona hacía unos años. “Después de estar en la Guayana volví nuevamente al Perú y me casé, entonces mi esposa se vino para España y durante un año trabajó sin descanso para poder traerme. Siempre vimos que en nuestro país las cosas no marchaban muy bien y decidimos buscar nuevos caminos”, explica.
José estudió en Perú la carrera técnica de electricidad y no le resultó nada difícil encontrar trabajo. Primero empezó como soldador en el puerto de Barcelona y luego en una empresa de caldería, donde fue a trabajar durante un día y resultó con una propuesta de empleo estable y cinco años de trabajo.
Este emprendedor contaba con 47 años cuando la empresa para la que trabajaba cerró. En ese momento era complicado encontrar empleo, no tanto por su profesión sino por la edad, entonces fue cuando tomo la decisión de montar su propio taller y ganarse la vida con lo que mejor sabe hacer. “ Como ya tenía bastantes años de experiencia como soldador y en el sector del metal, abrí un negocio que se dedica a la carpintería metálica”, comenta.
Desde entonces han pasado cinco años y son varias las empresas y los particulares que le confían el diseño y la realización de puertas, balcones, ventanas o puertas basculantes, entre otros.
“Todo aquel que viene de lejos, debe ir de menos a más”
Además de trabajar en su taller, José dedica parte de su tiempo a la realización de actividades culturales y artísticas. Hace poco junto a un grupo de amigos organizó una parrillada en Granollers para recoger fondos con destino a los damnificados del Perú. Reunieron más de 8.000 euros que fueron entregados directamente a las víctimas del terremoto, ocurrido el 15 de agosto del año pasado.
Su relación con la cultura y todas sus representaciones la lleva en la sangre, y así lo demuestra cada día. Siempre está organizando actividades, apoyando a nuevos músicos, organizaciones y mirando la forma de que todos los peruanos sean más unidos. “Yo pienso que todos los peruanos deberíamos estar más unidos, y en general los latinoamericanos, trabajar en común, apoyándonos mutuamente y ayudando al que acaba de llegar, porque todo aquel que viene debe ir de menos a más,” enfatiza.
Su capacidad de convicción, su dedicación y su compromiso hacen de él un emprendedor nato, pero sobre todo un ser humano con un alto sentido de la solidaridad.
Más información
Arte Metal Fénix
C/Joan Torras 33-37 BCN
Tel: 93 345 9729