Por Rafael Monroy González
Los altares del Día de Muertos en México son más un ritual pagano que cristiano. No son para rendir culto a los difuntos ni para recordarlos y rezar para que se eleven sus almas, según la creencia católica, sino para atraerlos.
Es por eso que los altares, que generalmente se levantan en medio de la casa, tienen comida, bebida y hasta cigarros, todo al gusto de los muertitos, porque la noche del 2 de noviembre sus espíritus vuelven al hogar, y se les tiene que recibir bien, con lo que les gustaba en vida.
El Día de Muertos también sirve a los mexicanos para recordar que algún día esas ofrendas serán dedicadas a uno mismo, que algún día nos tocará estar, literalmente, del otro lado. Por eso, con algo de humor, se regala a los familiares y amigos calaveras de azúcar y chocolate con el nombre del destinatario en la frente. Los niños van a la dulcería o a la panadería y piden que le pongan su nombre a la calaverita. Todos quieren la suya.
Los mexicanos todo lo relacionan con la comida, especialmente si se trata de un festejo. Por eso no es de extrañar que además de las calaveras de azúcar haya platos típicos para estas fechas. En algunas casas se prepara dulce de calabaza, pero indudablemente lo más solicitado los próximos días será el
pan de muerto, que (¡no se asusten!) no es otra cosa que un pan de trigo horneado con una cubierta de azúcar y unas figuras que hacen parecer huesitos humanos.
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