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tribuna Latina
2 concurso cuento corto
Los 5 primeros clasificados de la categoría 2ª edición Tu Cuento Vale
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PREMIOS
CATEGORÍA JÓVENES


Ganador: 3.000 euros

Se entregarán además dos menciones de honor.
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PREMIO DEL PÚBLICO

Hasta 13 años
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Hasta 27 años
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Esteban Virchoff, 20 años, España
tu cuento vale
Aniversarios
El día de su cumpleaños, Boris y Edmundo meditaban frente al mar. No estaban juntos. El primero miraba al horizonte dividido por mástiles frente al Por Vell de Barcelona, el segundo, caminaba por un dique en el puerto de Veracruz, ignoraba de manera deliberada por completo de los barcos que atravesaban su mirada, forzando sus ojos a seguir el horizonte donde las aguas se funden con hasta el cielo.

Boris Culovsky Berenguer era un mexicano, como su nombre lo sugiere, de aspecto peculiar. Medía dos metros exactos, tenía los ojos de un azul tan claro que parecían transparentes. Su pelo era amarillo y por razones muy privadas, lo mantenía siempre corto. Era ancho y fuerte, su inmensidad física solo era justificable explicable por una predisposición genética a ser físicamente superior. De origen semita, sus amigos le decían que era el judío que Hitler nunca conoció.

Su existencia era producto del exilio. Su abuelo paterno había nacido en un pequeño pueblo perdido en Ucrania y su condición judía lo había obligado a huir del país., en allí Su eventual desembarco en México, así como el resto de su historia estaba impreso de un misterio total, oscurecido aun mas por la total reticencia que el abuelo siempre había tenido por aclararlo, de su pasado Ucraniano solo le quedaron los ojos azules. Decía haber olvidado su lengua en una semana y aprendido el “Mexicano” en una hora. Se estableció en el DF donde se caso con una pintora oaxaqueña de pelo negro y largo. Tuvieron solamente un hijo, Mikhail, el padre de Boris. El abuelo en toda su persona era de un mexicanismo, por no decir chilanguismo, digno de un Xoloitzcuincle. (te cambie de lugar esta frase por la construcción lógica del argumento)

En lo que concierne al apellido Berenguer, el exilio de la familia se dio, como tantos otros, por la Guerra Civil Española. Novios en su natal Barcelona, esposos en México, Carmela y Roger Berenguer tuvieron solamente una hija, a la que llamaron igual que a su madre. Llevaron una vida próspera en el Distrito Federal, Roger no tardaría en alcanzar el respetado título de Don Roger Berenguer entre sus colegas mexicanos. Siempre luchó por inculcar el sentido de identidad catalán en a su hija, pero cuando ésta cumplió los quince años, todo su hablar, su caminar, incluso, pensaba su padre, su dormir, estaban empapados de tal insolencia y de una calidez extrañamente poco pudorosa y no propias en su oriunda Barcelona, que Don Berenguer no tuvo mas opción que desistir y aceptar lo inevitable, su herencia era ahora una consecuencia de la historia.

La joven Carmela se casó con un ingeniero mexicano con quien tuvo nueve hijos, siendo la última de éstos la madre de Boris. El ingeniero había nacido en León, Guanajuato, y era mucho mas chaparro que ella, muy moreno y muy serio y sobre todas las cosas, muy avergonzado. ¿De qué? de algo que el creía ser el único en saber. Había sido suya la decisión de que sus nueve hijos llevaran como primer apellido el de su madre.

Edmundo Sánchez Bermejo era un mexicano bien común. Bajo de estatura Bajito, moreno, de poquísimo pelo facial prácticamente lampiño y con una cabellera negra de pelo rizado. Años antes había tenido rastas pero en un acto simbólico decidió cortárselas y prenderles fuego. A la mañana siguiente, en la compañía de su conmovida madre, fue a visitar por primera vez en muchos años la basílica de Guadalupe. Abandono sus estudios de Historia, dejó de frecuentar a sus amigos, se retiro de las marchas y entró a trabajar en una compañía de estudios de mercado donde se pasaba todo el día haciendo llamadas a desconocidos a los que intentaba someter a un cuestionario inagotable de superficialidades impresas en un manual. Tenía la intención de volver a estudiar pero no sabía qué.

Su historia se remonta a Remontándonos muchos años antes, su existencia surge del con el mestizaje, pero la historia narrativa exacta de este proceso ha sido aniquilada por la maquinaria histórica, nadie sabe como sucedió, solo se sabe, por una especie de intuición, que así fue. Quizás por un acto sexual violento o por un amorío efímero, lo único preciso es que ningún antepasado de los que se tenía registro presentaba el mínimo rasgo europeo, y de estos antepasados también se sabía poco, se hablaba solamente de un pasado campesino, de una bisabuela con dones de hechicera, de su marido prematuramente finado y dueño de una tierra poco fértil a las afueras de un pueblo esparcido como una mancha en el estado de Hidalgo. Edmundo fue en busca de este lugar alguna vez. Su padre le había dicho que en el patio de la casa, una casucha que no vale ni para una verga, estaba enterrado el bisabuelo, Edmundo fue a buscarlo pero no encontró ni la casa, ni ningún otro resto a tierra infértil, es más, regreso con la duda de si quiera haber encontrado el pueblo. Le dijo a sus padres: nomás vi una carretera y casucha con muros sin techo, o techos sin muro, no se, luego un pinche pueblucho que no tenía ni tres mil personas pero había dos puteros, a mi se me hace que ese no era el de los bisabuelos, ahí no hay nada.

Los barcos inmóviles sobre el mar remitían a Boris inmediatamente a México, recordaba la última vez que pasó allí su cumpleaños, ebrio y con un bigote maquillado a la Zapata, tambaleándose patético en la multitud de una pequeña plaza en Valle de Bravo, embarrándose con la gente del pueblo que le gritaba: ¡otra chela güero! o ¡Sáquese hijo de la chingada! o ¡Aguas con el chilango!

Hace tiempo que no veía a esos mexicanos. Tanto que empezaba a dudar si él lo seguía siendo, no que fuera igual a ellos, sabía que no y esto era lo que más le perseguía. Lo sentía como un calor insoportable, una bruma atroz que lo atacaba por todos lados, penetrando sin piedad sus poros. Se veía sin piel, parado en la mitad de su recámara contemplando su epidermis en el suelo como un saco desgarrado. En una clase de Biología había escuchado que la piel era el órgano más pesado del cuerpo, le parecía perfectamente plausible, es más, pensaba, “el valor metafórico de este dato confirma las teorías mas pesimistas de la existencia, la condena que no elegimos, o no recordamos haber elegido, y que de algún modo extraño y certero, estamos a obligados a cargar y a arrastrar toda la vida”. ¿Dónde estaban todos esos mexicanos? Seguro no en Europa como él. ¿Dónde estaban los verdaderos migrantes? caminando sobre un río de piedras, con mecates amarrados a la cadera arrastrando botellas de agua vacías, cargando mochilas llenas de nada, todos con gorras de marca americana, todos con la mirada quemada por un sol hostil y extranjero, caminando resignados a la muerte dual de dada por esa especie de odisea revertida.

Sentado al final del dique, Edmundo prendía otro cigarro. Se quitaba la camisa y la amarraba a su cabeza. Había ido a Veracruz para pasar su cumpleaños en solitario. Desde la infancia tenía la costumbre inconsciente de aprovechar esa fecha para establecer en secreto una meta para el año que comenzaba. El puerto estaba lleno de turistas, en especial muchas parejas, o al menos eran los que más había notado Edmundo. Su meta para este año la tenía muy clara, pero la evitaba. No le gustaba admitir su soledad. Habían sido unos años ya desde que su novia le había dejado. Guadalupe, “que si era hermosa pero cabrona”, murmuraba con un humor amargo. Ella había argumentado una excusa sin fundamento, algo falso para dejar la relación y él siempre, siempre, había temido ese desenlace. Para Guadalupe las rastas, las marchas y los gritos, la estrella roja y todas esas teorías, no eran cierto válidas. No se las creía y nunca se lo dijo, en lugar de eso le inventó algo más. En el fondo Edmundo agradecía esto, Guadalupe se había ido sin humillarlo.

Un barco petrolero salía del puerto rompiendo las olas, dividiendo las aguas. Esta noche Edmundo quería aprovechar la fiesta patria para festejar con sus amigos y buscar a una mujer. Bebería desde temprano. Pensaba aun en Guadalupe, un rumor le había dicho que había tenido un hijo y su padre casi la mata cuando iba camino a abortar. El nuevo novio no era un mal tipo. Un abogado que trabajaba en el gobierno, sin duda el suegro los había forzado a casarse. Edmundo se quedó mirando al barco.

Boris y Edmundo solo se habían encontrado una vez en sus vidas. Dado el hecho que Sus cumpleaños no solo coincidían entre sí, pero sino también con una fecha histórica del país y las , motivo anual de fiestas anuales salvajes, y dió que coincidieron en una de éstas en el zócalo capitalino, inmersos en la misma euforia. Los amigos de Edmundo comenzaron a cantar las mañanitas, los amigos de Boris se unieron al coro, intercambiaron un par de explicaciones y los dos se abrazaron con un furor de viejos amigos. Compartieron chistes y bebidas, se prendieron mutuamente cigarros y porros, rieron y escucharon una botella romperse.

(San no has dicho de dónde aparece Guadalupe en esta escena)

Un amigo de Boris insulto a Guadalupe que miro inmediatamente a Edmundo, antes de que este comprendiera lo sucedido, se estaba revolcando en el suelo con Boris. La pelea fue breve y violenta. Boris se detuvo, cuando su puño golpeó el suelo ensangrentado, se levantó y miro a Edmundo convulsionarse entre la impotencia de sus amigos, la sangre en su cara parecía verde.

Hacía unos años desde el incidente y ya ninguno de los dos pensaba mucho en ese día, aun así, cada cumpleaños lo recordaban auque sea brevemente este suceso.

Al cabo de un rato de estar viendo el mar se aburrieron, cerraron los ojos por unos instantes, se levantaron y se fueron.
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