Barcelona, 13 de agosto. El escritor mexicano Antonio Sarabia, residente en Lisboa, ha publicado varias novelas y libros de poesía. Su obra más reciente,
Troya al atardecer (Ed. La otra orilla-Belaqva),
fue premiada este año en la Semana Negra de Gijón como la mejor novela histórica escrita en 2007. El escritor aceptó la entrevista, vía e-mail, con
Tribuna Latina.
Por Rafael Monroy González
Timalco, el personaje principal de la novela, acaba cumpliendo los designios de los dioses, pero por un momento pensó que cambiaba el guión de su vida incluso de manera caprichosa. ¿Qué nos enseña esto sobre la condición humana?
El tema principal de
Troya al atardecer es el destino. Por eso el espacio histórico en que se desarrolla la novela no es casual. El destino era una cuestión que tomaban muy en serio los griegos de la antiguedad, que ocupaba un lugar central en sus vidas y sobre la que especularon bastante. Para mí la pregunta no ha perdido vigencia: ¿existe la casualidad o de alguna manera desempeñamos un papel en quién sabe qué guión preparado de antemano? Mientras escribía la novela intentaba aclarar, sin éxito, debo reconocerlo, mis propias dudas al respecto. En las últimas páginas, Timalco se rebela contra el derrotero que tácitamente le han señalado los dioses y, en un acto final de lo que cree libre albedrío, se sale del camino, usurpa el lugar que considera le pertenece y que los mismos dioses le habían negado en un momento crucial de su vida. Sin embargo, al hacerlo, se cumple también el oráculo y el lector tiene que elegir entre dos alternativas: o aceptar que finalmente nadie puede escapar a su destino o creer que somos libres para elegirlo y atribuir el acierto de la sibila a que se expresaba en enigmas lo que permitía que, de un modo u otro, sus palabras parecieran vaticinar siempre lo que terminaba por suceder.
En el libro usted retrata de manera clara los caprichos y las ambiciones personales que mueven todo el aparato de guerra. ¿Es este libro una especie de reflexión de lo poco que ha evolucionado el hombre en varios miles de años?
Las razones, o sinrazones, de todas las guerras han sido siempre las mismas y no pasan de ser unas cuantas. En el fondo subyace la ambición, casi siempre la ambición y casi siempre la ambición de unos pocos. La guerra de Troya no fue la excepción. El rapto de Helena sirvió de excusa para poner fin a la hegemonía de una ciudad que dominaba el paso hacia las ricas tierras del Helesponto y del Mar Negro. Cualquier semejanza con el once de septiembre como excusa para hacer la guerra a Irak y controlar sus valiosos yacimientos petroleros no es una simple casualidad. Menciono esta última contienda porque todavía no termina, la resistencia civil es una manera de continuarla, pero colóquese cualquier otra en su lugar, el resultado es el mismo.
Casi al final de la novela, Timalco piensa, decepcionado, en que tal vez ha llegado el tiempo en que gobiernen los arrogantes, en que se valore más lo obtenido mediante la astucia y el acecho que a través del trabajo honrado. De nuevo un guiño a lo que parece ocurrir hoy.
De guiño no tiene nada. Es la verdad pura y dura. En otros tiempos los valores que más apreciaba la sociedad eran otros. El bien colectivo prevalecía sobre el bienestar personal. Las razones del corazón eran tan importantes como las de la cabeza. A los hombres se les reconocía por sus actos, no nada más por sus palabras. Los combates eran leales, dando la cara al adversario. El honor y la valentía eran sinónimos. El engaño y la cobardía, igual. Se admiraba lo primero, se despreciaba lo segundo. Palamedes, Áyax, Héctor, Aquiles y el mismo Timalco personifican los viejos valores. Agamenón, y muy especialmente Odiseo, representan la marrullería, el disimulo, la doblez, la mano que ataca desde la sombra. El discurso tramposo y fraudulento. Las armas de los políticos y de los dizque triunfadores de hoy. En la novela, como ha sucedido en la vida, los primeros son aniquilados y les sobreviven los segundos. Recuerdo el final que Dumas da a sus mosqueteros: mueren la nobleza –representada por Athos–, el valor –d’Artgnan–, la fuerza –Porthos–, y sólo les sobrevive la astucia –Aramis– que termina por reinar sobre la Tierra.
Para retomar clásicos como La Iliada y La Odisea, el escritor debe contar con una gran seguridad de saber a dónde quiere llegar, pero también una dosis de valor, ¿no?
De valor o de inconsciencia. No sé qué predomina más. Pero también hay que considerar otros elementos en la dosis: la curiosidad, el amor por el tema, las posibilidades que se ven en la historia que se quiere narrar, las ganas que se tiene de hacerlo. Y luego, sí, un poco de temeridad, aunque en realidad uno no sabe en la que se ha metido hasta que otros se lo hacen ver: “qué barbaridad”, “pero cómo se te ocurrió…”. Eso ya me sucedió antes con
Amarilis. Creo que me voy acostumbrando.
Más de uno en Europa pensará que usted es una especie de iluminado en México para poder escribir sobre los clásicos o sobre temas que escapan a lo folclórico mexicano. En otros campos, se piensa que los latinoamericanos sólo podemos trabajar temas de nuestra tierra de origen. ¿Alguna vez alguien ha esperado que usted sólo escriba de cosas de su país?
La cuestión mortifica sobre todo a ciertos editores extranjeros que siguen creyendo que los latinoamericanos deberíamos limitarnos a imitar a Rulfo o a García Márquez y escribir sobre Comala, Macondo, Chiapas o el Amazonas. Algunos se irritan, o se desesperan, cuando no les entregamos los manuscritos que querrían publicarnos. Parecen no haber leído a Cortázar o a Borges. Yo creo que algunas de las mejores novelas sobre México:
Bajo el Volcán,
El Poder y la Gloria o
Macario han sido escritas por extranjeros: Malcom Lowry, Graham Green o B. Traven. Se metieron en lo nuestro escuchando sólo la llamada del oficio. No hay que oír otra. Si el oficio nos empuja ahora a nosotros hacia la vieja Europa, ¿qué nos impide meternos en lo de ellos? Que cada quien escriba sobre lo que le venga en gana. Nada es nuestro y nada es ajeno. Lo único que importa es hacerlo bien.
Por último. Usted ha vivido en París y ahora en Lisboa, esta última una ciudad hermosa pero bastante desconocida para los europeos. ¿Alguna predilección especial por Portugal?
Además del clima, uno de los menos extremosos de Europa, y de su enorme belleza, del encanto que le dan las calles adoquinadas y sus colinas con esas vistas sorprendentes sobre el inmenso Tajo, Lisboa tiene un sabor que han perdido otras grandes capitales europeas: es una ciudad plenamente cosmopolita cuyos habitantes conservan en sus maneras una sencillez, una cortesía, una educación, un calor humano que falta en otros sitios. No puedo evitar asociarla en esto a la Guadalajara (México) de mi infancia, por ejemplo. Fui muy feliz cuando llegué a vivir allá, en los años cincuenta. Me siento igualmente feliz ahora, aquí.