Un trabajador de Codelco, la minera estatal de Chile (Foto: Codelco)
Pablo Castillo*
Chile, un caso de peligroso conformismo económico
Las proyecciones de inversión minera en la economía chilena para los años venideros han sido bien recibidas por muchos y han ocupado portadas en diferentes medios informativos vinculados a la región latinoamericana. Sin embargo, este hecho puede ser analizado al menos desde dos perspectivas antagónicas entre sí.
La primera, más cortoplacista y convencional, considera la inversión extranjera proyectada en Chile como favorable para la economía local, debido a los beneficios que trae para el país continuar siendo el principal productor y exportador de cobre del orbe en tiempos en que el precio de este mineral es históricamente alto. De hecho, el Estado chileno ha incrementado considerablemente sus ahorros a lo largo de los años recientes debido al alto precio del cobre, aun cuando sólo 40 por ciento de la exportación es materializada por Codelco, la empresa estatal del cobre, mientras que el restante 60 por ciento tiene por beneficiarios unas cuantas compañías privadas.
Un dato importante es que la Ley Reservada del Cobre hace que se destine 10 por ciento de las ventas brutas de Codelco en el exterior al financiamiento de las Fuerzas Armadas. En 2006 ingresaron al ejército 1.300 millones de dólares y para 2007 la estimación es de 1.700 millones... sumas nada despreciables.
Desde una perspectiva más amplia, es curioso que Pinochet, con su apego al liberalismo y a las privatizaciones, no pusiera en venta a Codelco cuando estaba liquidando todas las empresas del Estado.
Pero volviendo al grano, si Chile (o los 16 millones de chilenos) ha ganado tanto dinero gracias al cobre, ¿puede usted imaginar las ganancias de los propietarios, que no son muchos, de esas escasas compañías privadas que exportan este metal? Además, el sector minero chileno es intensivo en capital, lo que lo transforma en un mezquino generador de empleo (ni siquiera alcanza el 2 por ciento del empleo nacional).
La justificación teórica de esta perspectiva a corto plazo tiene que ver con la idea de la ventaja comparativa, que históricamente ha posicionado al sector minero como el preferido de los inversores, especialmente foráneos, que han obtenido rentas considerables al coste de la extinción de yacimientos mineros no renovables.
Al revisar la historia económica de Chile es posible constatar la permanente entrada de capitales extranjeros al sector minero ya desde la fundación del país, allá en el año 1810, así como también la relevancia que Chile tuvo como principal productor y exportador de salitre en el mundo hasta el año 1925, cuando Alemania inventó el salitre sintético, haciendo quebrar el sector que un siglo atrás jugaba el papel que el cobre desempeña hoy en Chile y desestabilizando profundamente su situación socioeconómica. En cuestión de cinco años el salitre pasó a ser un agridulce recuerdo.
Si damos un salto de algunas décadas en el tiempo, podemos observar que las estadísticas del comercio exterior chileno para el año 2006 arrojan que 64 por ciento de las exportaciones del país fueron del sector minero, la misma participación promedio que ese sector tuvo en la economía chilena entre los años 1840 y 1870. Entonces, ¿podemos hablar de que las exportaciones nacionales se han diversificado seriamente a lo largo de la historia de Chile?
La segunda perspectiva, más estratégica, de largo plazo y crítica del modelo económico chileno, tiene una valoración distinta respecto de las inversiones destinadas al sector minero: La consecuencia de este flujo permanente de inversiones destinadas al sector cuprífero chileno ha sido la alta especialización y la dependencia económica de este sector, lo que queda demostrado al constatar el alto porcentaje que las exportaciones mineras alcanzaron el año 2006.
Esta especialización alimenta un círculo vicioso que el país no ha podido romper en sus dos siglos de existencia: dado que Chile tiene experiencia (know how) en explotación de minerales, las inversiones más seguras y rentables son aquellas colocadas en este sector, lo cual vuelve a incentivar la especialización y la competitividad del mismo, profundizando de esta manera la ventaja comparativa nacional y condenando al país -a falta de decisiones políticas más arriesgadas- a demorar peligrosamente la transición hacia esquemas productivos que permitan fortalecer su posición relativa en la economía mundial, evitando con ello quedar a merced de nuevos avances tecnológicos que vuelvan a desestabilizar la economía nacional.
A estas alturas es necesario reconocer que la inversión extranjera puede ser beneficiosa para los países menos desarrollados, pero se debe ser cuidadoso y suspicaz respecto del tipo de inversiones que un país recibe y de los vínculos que aquéllas desarrollan con la economía local. En el caso del sector minero en Chile debería existir una cota superior de inversiones acumuladas orientadas a la simple explotación de minerales. Una vez alcanzada esa cota, las inversiones en el sector debieran estar condicionadas al desarrollo de otro tipo de actividades relacionadas, pero con más contenido tecnológico o, en términos actuales, con mayor valor agregado.
*Pablo Castillo. Economista chileno, profesor de Economía Internacional en Barcelona, España, tiene un master en Economía Política Internacional por la Universidad de Tsukuba, Japón.