Autor: JUAN PASOS
Edad: 28
País:ESTADOS UNIDOS
Detrás de la línea amarilla
En mi tercer año como oficial de inmigración supe que oía sus pensamientos. Nació en un juego de mis días de aprendiz y primer año; cuando se acercaban intentaba adivinar su nacionalidad, a veces acertaba, a veces no. Sencilla manera de poner en práctica lo aprendido en entrenamientos y manuales.
Aprendí de memoria el reino, división, clase orden, familia, género y especie de cada nacionalidad, raza y religión. Me enseñaron a esculcar pistas de la peligrosidad de los viajeros; sin que ellos lo supieran disecaba sus rasgos, nariz, ropa, gestos, equipaje de mano, caligrafía y acento al hablar. Al cumplir mi primer año el trámite era para mí un acto reflejo: revisar pasaporte, comparar foto con cara, verificar visa, examinar formulario, ingresar información, cotejar bases de datos, pregunta retórica, sellos, “bienvenido”.
Pronto trascendí las enseñanzas de mi entrenamiento y dejé atrás los perfiles y estadísticas. El documento principal no era el pasaporte sino la mirada; encontrar la historia tras los ojos no requería más de tres segundos, mucho menos, un chispazo, e intuía las razones que ahora los tenían en el área de inmigración del aeropuerto.
Cuando alcancé la perfección en el juego de las adivinanzas (y por lo tanto en la ejecución de mi función) di un siguiente paso: imaginar sus pensamientos. El rango de la estadística en que encajaban era el escenario de una obra que con cuidado y detalle escribía durante los dos minutos que pasaban conmigo. Aunque de algunos sólo recreaba lo que querían comer, lo hacia con inmensa minucia (imaginaba qué les apetecía, qué tan caliente, la última vez que lo habían comido y los recuerdos que evocaba), de otros inventaba toda su vida y pormenores, a algunos les imputaba el terror de ser descubiertos: alguien me decía “dos semanas” y yo imaginaba “hasta que me cojan”.
Los estereotipos orientaban mi creatividad pero también la limitaban. Decidí, cuando era seguro hacerlo, ignorar los arquetipos; si era mujer, la hacía hombre; si canadiense, japonés. Acarreaba mejores esfuerzos, conocer la información que el sistema contenía acerca de unos y adaptarla a la de otros, retirar lo canadiense y con precisión sustituir las piezas, una a una. Era la forma de sobrellevar las horas que, en mi segundo año de trabajo, eran tediosas y repetitivas.
El juego agotó su novedad, pero para entonces era autónomo; sin quererlo imaginaba pensamientos que yo no podría haber creado, algunos por inteligentes, otros por extraños, por una ingeniería nada mía o de mi idioma, otros porque nunca habrían sido míos. Los pensamientos de los que yo era autor eran mutaciones de los que yo mismo escondía, rechazaba o profesaba; eran hijos de mi aprendizaje y huérfanos de mis prejuicios, de las charlas con mis compañeros, de las noticias de la noche y la digestión del desayuno. Pero estos exudaban aromas diferentes; un hedor algo rancio y húmedo, propio y nada mío.
Un agosto confirmé que ya nada era mi artificio. Oí a un niño haitiano pensar en francés, a una mujer en árabe y a una familia en un dialecto apenas conocido; no era invención sino percepción; a pesar de mis esfuerzos en hacer que una persona pensara una cosa, el resultado era muy otro, el significado diferente. Oía sus pensamientos: ahora sabía quién mentía, quién ignoraba en dónde pasaría la noche, quién temía y a quién temer.
Quise usar mi talento para mejor provecho personal, hacer dinero, saber qué pensaba mi esposa, mis superiores, mis amigos o cualquier persona. Intenté oír los pensamientos en las calles, a través del radio o en las conversaciones privadas, pero por las burlas del azar mi poder sólo funcionaba con ellos, en el atrio de inmigración, en horas de trabajo, cuando las hordas esperaban largo rato por su turno, ahí, detrás de la línea amarilla.
Si no podía orientarlo para mi beneficio, lo haría para el de mi país. Me empeñé en hacer más eficiente la frontera. Propuse maneras de enriquecer los manuales, corregir sus buenos y sus malos errores, aumentar detalles e incluir las particularidades que ahora conocía. Intenté diseñar un nuevo sistema completo y exacto, dinámico, variable y capaz de adaptarse y sobrevivir a cada persona; un programa que procesara todo lo que se presumía con todo lo que yo había aprendido, capaz de definir a qué parte y a qué función de mi país iría (o debería) cada individuo. Cuando la tarea colindó con lo infinito, propuse algo más simple: yo sería el único oficial, encargado de atender a todos los viajeros, o yo rondaría incógnito entre las masas y advertiría a cada oficial sobre algún viajero peligroso o indeseable escondido entre la muchedumbre, para devolverlo su país o encerrarlo para siempre junto con otras amenazas y algunos compatriotas.
Pero nadie creyó en mí o en mis explicaciones; me llamaron loco, a veces impertinente, racista y otras liberal. Mi resignación fue regresar a mi propio trabajo, una persona a la vez.
Ya por esos días un leve dolor de cabeza que irrumpía ocasionalmente se había convertido en una asidua migraña que los doctores no querían descifrar. Sé que la causa del dolor son esos pensamientos. No puedo silenciarlos, me confunden, son demasiados y muy fuertes, me desgastan y consumen; al final del día no sé en dónde olvidarlos; aunque no esté en el trabajo, el eco de esos pensamientos arrastra otra jaqueca.
“Nueva casa, no quiero estar acá, quiero, abajo me esperan, tengo hambre, hace calor, qué bonita, maldito país, a mis amigos los discriminan, son gente buena, a una ecuatoriana la mataron a patadas, qué gran pueblo, no sé, morirán, gracias, mientras que me paguen todo estará bien, la droga es buen negocio, sólo quiero trabajar honradamente, soy un hombre de bien que obedecerá la ley y aprecia esta cultura”; todos esos y más pensamientos, algunos indiferentes, otros alarmantes… Los oigo pensar en portugués, en otros españoles, en turco, rumano; sus sesos me son transparentes y literales, aún así a veces no entiendo y siempre me sorprende lo que se les viene a la cabeza; a pesar de la claridad con que veo lo que son, lo que serán se esfuma entre mi propia niebla. He dejado cruzar a imperdonables delincuentes, he cerrado la puerta a gente honesta, a veces porque el sistema y la política así lo ordenan, porque el clima y el tráfico de la mañana han desperado mi mal genio o porque lo que veo frente a mí, aunque obvio, no encaja con lo que para mí (o para mi país) (o para esa persona) tiene sentido. ¿Qué sé yo? A fin de cuentas, veo lo que guardan en el cráneo e incluso lo que nutren en el corazón, pero ignoro qué llevan en la panza.
Por ratos me refugio en los manuales, me aferro a los protocolos de seguridad y a las guías de admisión del día; el sólido suelo del procedimiento acalla este ruido de ruidos, es lo único que aparenta estructura en un salón que se hunde en tantos pensamientos de viajeros a ese lado de la línea, y de ideas incompletas, inconsistentes y acomodaticias a este lado de la línea. Sólo cuando pretendo que todo es como antes eludo la náusea y la migraña que acompañan las horas de otros pensamientos y pensamientos de otros.
Quisiera que todo terminara, renunciar a este trabajo, pero pesa en el alma el deber de proteger esta frontera y lo que hay dentro de ella. Me detengo; me pregunto si la entrada sería diferente si la línea fuese azul y no amarilla, si el hedor cambiaría si lo que cuido a mis espaldas fuere de otros materiales y colores. Ambiciono este mismo trabajo pero a la salida, como oficial de emigración; quisiera saber qué piensan y recuerdan todos los que dejan de mi país y regresan a casa. Pero es sólo un triste deseo… el dolor en la cabeza me apuñala y rompe y lo hará hasta el día en que el ruido de tantos pensamientos me oxide y me abandone a una locura.
Para mi condición hay cura: conocer mis propios pensamientos. Cuando los aviones vomitan en el atrio viajeros que se postran tras la línea, cuando la noche es larga y silenciosa, juego con mi hija, hago mercado o descanso el día domingo, presiento que soy un caso terminal y que nunca fabricaremos esta medicina.