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tribuna Latina
2 concurso cuento corto
Los 5 primeros clasificados de la categoría 2ª edición Tu Cuento Vale
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PREMIOS
CATEGORÍA JÓVENES


Ganador: 3.000 euros

Se entregarán además dos menciones de honor.
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PREMIO DEL PÚBLICO

Hasta 13 años
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Hasta 18 años
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Hasta 27 años
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Celeste Natales, 26 años, Chile
tu cuento vale
El cacharro del color del cielo
Los adoquines rebeldes de la Alameda anunciaban la llega de un otoño precoz. Los cubría una capa de cemento trizado y un manto de bugambilias derrotadas por el viento de esa tarde. Arrodillada en la parte trasera, yo miraba por la ventana, intentando seguir la estela púrpura que dejaba el movimiento suave del auto de mi abuelo. A ratos me volteaba y fingía ver el mundo al revés, donde las nubes eran labios que daban bocanadas de vapores púrpuras, marejadas de bugambilias. Tenía nueve años y mi vida era ese viaje al sur: una película en tonos púrpuras; mi versión del blanco y negro.

Al volante iba mi padre, con su bigote rebelde, sus sandalias gastadas y su mirada de fondo de mar. A ratos se volvía hacia mi madre, sentada a su lado, y le preguntaba si acaso estaba segura de volver, si no pensaba que era demasiado pronto, que todavía no era necesario vender las cosas. Pero ella, envuelta en un chal de lana de alpaca, mantenía un silencio de tristeza sin fondo. Se limitaba a asentir y luego se acomodaba en el asiento una y otra vez, enterrándose en él como en los brazos de mi abuelo, intentando atrapar su olor, todavía adherido al cuero gastado de su cacharro color del cielo, así lo llamaba él y luego me revolvía el pelo con sus manos gruesas.

Ese auto nos había llevado cada año al sur del sur, en viajes interminables por sobre canales sin puente y trenes voladores, eso decía mi madre cuando yo le mostraba el mapa intentando convencerla de que su Punta Arenas quedaba al fin del mundo y que al fin del mundo no se llega en auto. Sonreía y decía, ya verás, ya verás. Mi abuelo, mientras tanto, jugaba a frenar el auto al ritmo de la música, un tango de Gardel que recién identificaría años después y que hoy me recuerda la melancolía húmeda de la lluvia del sur.

Este era el primer viaje sin él. Mi madre miraba por la ventana hipnotizada por algo que no estaba ahí y yo la miraba a ella intentando traerla de vuelta a mi lado. Pero su pena era como un río vacío, eso pensé cuando llegamos al Salto del Laja, cuatro horas después de salir de Santiago. Yo lo recordaba como una cascada gigantesca donde el agua gritaba dejando en silencio a todas las voces. Pero me recibió un surco infértil; la tierra se había devorado el agua, igual que la pena devoró a mi madre. Nos subimos al auto y regresamos al camino. No habría cascadas; seguimos rumbo al sur en un viaje que yo no acababa por entender.

Del resto del camino, sólo recuerdo trazos mudos del paisaje y el ritmo enrielado de mis pensamientos. Los campos de parrones gruesos pintando los cerros como un tablero de ajedrez, la ausencia de las uvas que compraba mi abuelo en el camino; la geometría perfecta de los ciruelos en flor bordeando la carretera, la radio prendida en un susurro imperceptible; las hojas de nalca anunciando la llegada a Osorno y el nudo en la voz de mi madre cuando fue ella quien sugirió pasar la noche en la hostería de Puerto Montt, ella y no mi abuelo. Hoy recuerdo lo que pensé esos días como si una voz distinta a mí hubiera narrado mis pensamientos. Y lo que más recuerdo es no entender por qué ella quería volver a Punta Arenas. Para mí, el sur era mi abuelo; el mundo se había quedado sin sur.

Sin embargo, Punta Arenas seguía ahí, con su luz blanquecina, con el silbido del viento como telón de fondo, con el Estrecho a sus pies. Llegamos cerca de la medianoche, pero la ciudad estaba despierta, de ojos abiertos como un escenario de cortinas desplegadas. En verano, rara vez oscurecía. Por eso me hacía tan infinitamente feliz. Veinte años más tarde me recibiría la misma luz de ensueño y me encandilaría una vez más por su belleza.

Mi padre se estacionó frente a la puerta. Ahí estaba la casona de mi abuelo, las enredaderas trepando por las paredes, la reja cada vez más pequeña frente a mis ojos. Ahora, cuando paso por las afueras de esa casona enorme, no puedo evitar medirme contra la altura de esa reja. Apenas supera mi cintura.

Nos bajamos del auto y mis padres entraron a la casa. Ya no era la casa de mi abuelo. Ya no olía a lluvia con eucaliptos ni a naranjas quemándose en la chimenea. Ya no estaba la tetera sobre la estufa ni las manzanas asándose al ritmo del hervor. Nos miramos en silencio. Éramos extraños, ese lugar ya no nos pertenecía. Mi madre fue la primera en salir de la perplejidad y en una voz irreconocible dijo que dejáramos las cosas en la habitación y que comenzáramos a sacar los muebles al garaje.

Los siguientes días fueron un ir y venir incesante. Mi madre atendía a la gente en la puerta, los llevaba a la parte trasera de la casa y los despedía con la mirada puesta en un lugar muy lejano a la Punta Arenas que yo conocí. En poco tiempo había vendido su mecedora, el esquinero donde guardaba el licor de oro (que él me daba a escondidas por las noches, prometiéndome un silencio que jamás rompí) luego fue la mesa de comedor, su cama, las cortinas, las porcelanas, todo. Como si cada cosa fuera un peso menos en el pecho de mi madre.

En siete días, la casa estaba vacía y al día diez la vendió. Fue como entregar Punta Arenas a otro dueño. Mi madre dejó las llaves a un hombre alto que estrechó su mano y luego regresó al auto y se enterró en el sillón, como pidiendo perdón con las manos bajo sus piernas. Mi padre puso su mano en la parte trasera de su cabeza y le acarició el pelo. Ella, no se movió. Él bajó la mano hasta su rodilla, ella pareció no sentirla. Él encendió el auto y, finalmente, ella rompió en llanto. Iríamos a dejarlo a la automotora y volveríamos en avión. El viaje había terminado.

Al llegar al lugar, mi madre no quiso bajarse del auto y tampoco yo. Fue mi padre quien tomó los documentos y entró a una oficina antigua, un edificio amarillento con la pintura resquebrajada y con una señal “se vende” languideciendo sobre el esqueleto de un automóvil. Nos quedamos solas y el silencio pareció imposible de romper. No me atrevía a hablar pero sí recuerdo haber besado su mejilla. Estaba fría, ella no se movió. Volví a la parte trasera, con el pecho vacío, con la boca seca, con mi ausencia de madre latiendo en mi piel, pero de pronto ella se dio vuelta. Se dio vuelta y me miró como si me viera por primera vez. Como si despertara de un sueño. Me sonrió y me revolvió el pelo con sus manos pequeñas y luego se bajó del auto. Espera aquí, me dijo, No te muevas que ya vuelvo, y a mí me atravesó un escalofrío de miedo y felicidad, porque mi madre me había visto de nuevo pero yo ya no sabía quién era mi madre. Me besó en los labios por la ventana entreabierta y corrió hacia la oficina sin cerrar su puerta. Pude ver cómo le quitaba los papeles a mi padre, cómo le tomaba la mano, cómo lo arrastraba al asiento que ella ocupaba y lo dejaba ahí, perplejo, inmóvil como una estatua de bigotes negros. Ella me sonrió de nuevo y saltó al asiento del conductor, tomó el manubrio con ambas manos y prendió la radio. Cada nota de ese tango retumbó en mis oídos.

“Este es mi cacharro del color del cielo” dijo ella mirándome por el espejo retrovisor “Alguna vez, será tuyo”.
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