José Pepe, 22 años, Alemania
El mural
Del barrio recuerdo los terrenos baldíos, las casas sencillas de apenas un piso o dos, los pequeños comercios, la cerrajería, la ferretería, el almacén, los partidos de fútbol en las calles empedradas, la amistad de la gente, la amabilidad, la confianza mutua, y también otras cosas más. Papá volvía del trabajo, y mamá le preparaba unos buenos mates amargos, fósforo, hornalla, pava, un poco de agua que dejaba correr para que no tuviera sedimentos; después buscaba el mate que había tallado un artesano de Jujuy, la yerba, el agua primero tibia, aguardar unos minutos, y luego sacar el agua en el punto previo al hervor, después la bombilla, y luego de unos minutos más ella probaba las primeras infusiones, y al fin mateábamos todos en familia. Más tarde, cada uno volvía a sus cosas. Según la ocasión, yo estudiaba o me divertía con lo que fuese; mamá se iba a leer; mi hermana se reunía con las amigas y papá iba con una silla, el termo, y el mate, a sentarse afuera, a conversar con la gente, a sentir el melancólico sol del otoño, y luego el alegre sol de primavera.
A papá le gustaba pintar, y supo transmitir ese gusto a sus dos hijos. En un cuartito que usábamos como baulera y también como taller, nos poníamos unas ropas viejas, y a las maderas de pino claro que habíamos comprado les dábamos una base blanca; y después, mi hermana y yo aplicábamos con paciencia las técnicas que papá nos ofrecía. De a poco comenzábamos a dominar, aunque como aficionados, los colores, las formas, las figuras, las sombras y otros detalles. Un día, cuando yo alcanzaba los diez años y mi hermana los doce, a papá se le ocurrió que hiciéramos un mural en la pared de nuestra casa. Primero había que convencer a mamá, y sólo entonces después prepararlo sin que le faltara ni un solo color. Pensábamos en dibujos de astronautas, de mujeres, de niños, de ancianos y de animales, pero aún así deberíamos esperar a que llegaran las ansiadas vacaciones.
La belleza es caprichosa, y sólo existe cuando refleja la vida, el cariño, o ciertos valores positivos. Nuestro mural al comienzo recibió una tímida y esforzada aprobación de mamá, del resto de la familia y de los vecinos. No tenía pretensiones, y creo que gracias a eso se hacía cada vez más agradable. Porque a las cosas buenas se las valora con el tiempo, nuestro mural terminó por convertirse en una parte significativa del barrio, una imagen donde se acumulaban recuerdos, ilusiones, y por qué no, también desengaños.
Siempre creí, y aún lo pienso, que el valor de nuestro mural no radicaba en su composición, sino en su propuesta. Para mí no era un mural, era una parte de la vida de mi padre, de mi hermana y de la mía, y cada color, cada pincelada, era la expresión del amor paterno, del amor filial y fraternal. Aquello era mucho más valioso que unas líneas que tuvieran armonía, o que unas palabras que sonaran bien, porque la belleza es paradójica y suele ser mucho más profunda, y al mismo tiempo mucho más simple de lo que la gente tiende a creer. Terminado el mural, papá volvía a matear allí por las tardes, a disfrutar del sol y del silencioso murmullo de la ciudad, aquel perro ladraba a unas cuadras, dos muchachas se contaban confidencias, un grupo de niños jugaba a la pelota y el viento traía un sonido fresco del sur.
A veces pasaba alguna camioneta de propaganda partidaria que, sin importar el partido político, prometía siempre el crecimiento de la economía y el progreso nacional. Yo, que aún era chico, le pregunté una vez a papá qué era el progreso, y él me respondió que no era más que una camioneta que rompía, en el barrio, la calma y la tranquilidad. Un día los vecinos de enfrente pusieron en venta su casa, y el grupo empresario que la compró quiso comprar también los terrenos aledaños. Demolieron las casas, cavaron el suelo y comenzaron a construir una gigantesca torre, que contaría con todos los lujos de la civilización moderna, y que, según sus promotores, impulsaría el desarrollo y elevaría el valor de todas las propiedades cercanas.
Mis padres, ya mayores, asistieron a un cambio paulatino e irreversible. Al principio los martillos y los taladros no dejaban dormir a la gente, y el día en que la torre fue inaugurada, le pregunté otra vez a papá qué era el progreso. Él me dijo que no era más que que una torre que tapaba el sol. Empezó a matear a la sombra, en la misma silla de siempre, con una vista gris, y un mal humor que intentaba disimular. Al final, como sucede con todas las cosas, la vida de papá, al igual que la del barrio, siguió su curso, hasta que llegó el día en que su corazón, y quizá también el del barrio, dejó de latir. Los lugares que él frecuentaba fueron reemplazados de a poco por otros; en el almacén de la esquina hay ahora una tienda de ropa; en la verdulería hay un locutorio; en la ferretería hay un restaurante con decoración minimalista, y así. Nuestra casa se mantiene sola entre tantas torres y edificios, y nuestro terreno es mucho más valioso de lo que alguna vez pudimos imaginar, pero aún así, y si bien no nos sobra el dinero, mi hermana y yo nos resistimos a perder nuestro mural, a nuestro padre, y el recuerdo de nuestra infancia.