Autor: IGNATIUS
Edad: 27 años
País: Argentina
La revolución de Aldo
Aldo iba para los treinta. Motivo de sobra para recibir las cargadas de los juveniles, las mismas que hasta hace poco lanzaba él. La diferencia radicaba en los sentimientos: no había crisis de las tres décadas, sino un renacer en cada escenario. Los discursos le restaban años. "Y con esta experiencia en la cabeza, tengo cuerda para rato", explicaba a los compañeros del Partido.
Esa tarde, antes de comenzar, asomó la vista y vio que había más presentes que nunca. La masa uniforme llegaba hasta el horizonte, con delegaciones de todo el país. Un éxito. Y como los éxitos le ponían nervioso, decidió neutralizarlos con la técnica que le comentó su amigo Ricardo. Así, antes de escalar los ocho escalones al púlpito, dedicó un minuto a pensar en Frida. En instantes, armaba un videoclip de besos y caricias que siempre concluían con las sonrisas de ella cuando desayunaban en la cama.
Siempre le había dado resultado, aunque esta vez el recuerdo no lo tranquilizaba. Sabía que debían "embarrarse los pies de una vez por todas", como le gustaba anunciar. Y esas palabras en este contexto serían una Bastilla del Siglo XXI. Como todo hombre traicionado por el amor, poco le importaba.
"Quiero saludar a los miles que apoyan este Congreso. Venimos a terminar con el insufrible dolor al que nos sometieron. Llegó el momento de decir '¡Basta ya!; ¡Revolución o muerte!; ¡Vivan los Asistentes!'".
"'¡Viva!"; "basta ya, basta ya…", retumbaba desde todos los rincones. Aldo se sentía el director de la orquesta y le hubiera encantado que lo viese su difunto padre. Una década después de enterrarlo, recordaba poco más que las críticas que le repetía en cada conversación. "Todo el día con el balón en los pies, como hizo el inútil de mi suegro. Yo a tu edad…", era la frase que presagiaba las amenazas de expulsión del hogar. Sólo su madre había conseguido que fueran postergadas hasta que el infarto del viejo las sepultó para siempre.
"La lucha de nuestros antepasados no acabó. Tomamos el legado de los grandes para cambiar esta triste realidad. Es hora que se haga justicia. Con la Hoz cortaremos cabezas hasta que la Federación y el Estado acepten nuestras reformas. Luego, con este martillo forjaremos futuro más justo para las próximas generaciones".
Nunca le gustó esa idea de adoptar los viejos símbolos comunistas en su lucha; pero fue un delegado cubano, que jugó para el Spartak de Moscú, el que lo sugirió. "Estas herramientas ya tienen hecho el marketing", señaló. Además un grupo de inspirados dibujantes retocaron viejos pósters de Castro: borrándole el bigote y con un lunar arriba del ojo derecho hicieron de Fidel un calco de Aldo.
"Estamos cansados, compañeros, de dar pases. Desde la creación del fútbol hicimos los suficientes como para bañar nuestras espaldas de gloria y seguimos en la miseria mientras la oligarquía goleadora se lleva todos los premios. Los contratos jugosos, las tapas de las revistas, los reportajes en las radios. Y, aunque me duele repetirlo, todos sabemos que las mujeres prefieren los que embocan al hombre que cede el privilegio de convertir".
Aquella última oración tocó una fibra sensible del público. Aldo no había sido el único en perder un amor en beneficio del Pichichi del equipo. Todavía recordaba como Frida se le había ido de las manos hasta los brazos de Moreno, 'el Almirante del área' colombiano. Nunca soportó la sonrisita pícara en la boca del delantero cada vez que lo cruzaba en el vestuario. A tal punto que había acelerado el retiro de la cancha, con 26 años.
-"¿¡Qué sería de ellos sin nuestros regates y pases!?
¡Mediocres!, dijo uno a la izquierda…
¿¡Qué habrían pateado si hubiéramos decidido nosotros chutar al arco!?".
'¡Aldo revolución!', gritaron desde el fondo.
"¡Queremos una enmienda! Una Ley de Memoria! Hay que revisar desde el primer al último partido que se haya jugado en esta tierra. Hay que otorgarle el premio de cada gol al que en un baño de humildad otorgó el pase; el héroe que hizo posible la celebración ajena".
'Bum, bum, bum', respondieron los tambores.
"Tenemos que condenar especialmente a esos oportunistas que entraron a cinco minutos del final y definieron el resultado. Este grupo conforma la peor escoria del deporte. ¡Traidores y ladinos! Sabemos cuánto cuesta dejar la vida en 90 minutos para que un tipo sin escrúpulos robe la cámara en el tiempo adicional…".
En su cabeza se repitió otra vez la pesadilla de siempre: el debut de Moreno. Entró por su amigo Ricardo y el centro de Aldo terminó siendo el cabezazo del campeonato… de su odiado compañero.
"Sé que hay dudas sobre este plan. Pero la respuesta a toda pregunta está en las hemerotecas. ¿Para qué, sino, la prensa guardaría todos esos datos? El único fin del periodismo es encontrar la verdad y está se esconde detrás de nuestro noble fin. Las crónicas nos revelarán quiénes dieron esos pases finales. ¡Sacaremos del olvido a todos los que pasaron remates triunfales!".
Su dedo índice señaló hacia la izquierda, un imaginario borde del área. Ahí, un habilidoso ex puntero izquierdo comenzó a lanzar pelotas a un maniquí vestido con una camiseta número nueve negra. No se detuvo hasta que lo descabezó y la multitud lo ovacionó.
"Sé, compañeros, que la Federación quiere atacarnos con aquello de los partidos donde no hubo relato ni imagen alguna. Vamos a formar los Tribunales Revolucionarios del Recuerdo, donde los que fueron a la cancha determinarán a quién se premia por la asistencia. Es seguro que la memoria nos hará algún regate, aunque es mejor eso que esta injusta realidad. ¡Revolución o muerte!; ¡Vivan los Asistentes!".
Cuando bajaron los decibelios de la muchedumbre y la próxima frase salía de la boca de Aldo, ocurrió lo que pocos creían posible. Lejos, casi en la línea del horizonte, una nube de polvo se extendía hacia el cielo. Como si fueran caballeros medievales, millares de hombres marchaban en dirección del escenario. Ayudado con unos largavistas, el líder del Partido distinguió un ejército de futbolistas. Por los sietes, nueves y onces que se multiplicaban impresos en los pantalones cortos se dio cuenta de quiénes eran: los goleadores. Venían a mantener el status quo con el 'Almirante' al frente de la marcha.
Aldo sintió remordimiento. A pesar de todo el palabrerío, la paz dependía de una rápida retirada. Sintió que los mediocampistas más jóvenes no tenían porqué participar de esa carnicería. Decidió mirar de nuevo y se dio cuenta que Moreno hacía lo mismo. Se identificaron hasta que el delantero lo saludó con la mano en alto y dibujó esa odiosa sonrisita sobradora en la boca.
"Ninguna revolución se hizo sin que corriera sangre", fue lo último que gritó Aldo.