

PREMIO DEL PÚBLICO

¡La ley!; ¡El derecho! ¿Qué sabe de eso un indio?...
Asperjaba la noche en las altas punas.
Abajo…
Retumbaron los cascos de los caballos entre los pedregales y se detuvieron frente a la choza desmedrada de junco y barro. El capitán Bejarano, seguido de dos guardias civiles más, desmontaron. A puntapiés abrieron la puerta.
-¡Venimos por el pago, india!
-¿De nuevo, taita?...¡Ya sea lleva u’ toda mi cosecha de papas y las cuatro vacas de mis corrales!… ¡se a cobra u’ más de lo que nos a obliga o’ a recibir!...
-¡Nu’ seas malagradecida, vieja!... ¡Les he presta u’ plata para comprar semillas y me paguen el agua pa´ sus chacaras!...Además me vengo a cobrar los intereses… ¡Dime!... ¿Qué tienes para que me pagues?...
-¡Nada!... ¡Nu tengo nada!
-¿Nada?... ¿y esa tu hija?, ¿la que atiza en el fogón? …¡Como que ya tiene edad!...
-¡Ayayau taita!... ¡Justiniana nu’!, ¡Es solo una niñay!...
-¡Me doy satisfecho el pago con tu Justiniana pa’ llevármela conmigo!
-¡Nu’ se lo lleve, taita!...¡Ayayguu!...¡Si mi hiju’ Reinaldo estuviera aquí, el trabajaría pa’ pagarle lo que se le debe!...
-¡Tu hiju’ Reinaldo esta de perro en el cuartel, allá, en Ayacucho y nu’ vendrá!... ¡Hazte a un lado vieja!...
A empellones llevaron a la muchacha a la hilera de indios e indias conscriptos, atados con trenzados los pies para que no escaparan. Niños en su mayoría, desarrapados, cobrizos, toscos, cargando sobre la espalda sus míseras impedimenta, en costales mugrientos y las alforjas con fiambres de mote frío, olluco, y restos de cecina de cuy o zorro, camino por la puna, de choza en choza, cobrando los intereses de los préstamos dados a pura fuerza a los indios. En tiempo de los préstamos, muchos de ellos huían a las altas montañas, abandonando sus chozas para no recibir la plata maldita, pero aún así, los guardias civiles forzaban las puertas de cañas y amarras y dejaban las monedas sobre el batan o el fogón.
Después de un año…
A Reinaldo Tambo, la vida en el cuartel, en la segunda división de infantería en Ayacucho, forjó de él otro hombre, muy diferente al indio crudo, brusco, y venoso de su raza.. El sargento licenciado de tropa instruido en lo posible conoció el sentido de la ley y el derecho, y de tener derechos los demás. Despertó y aprendió entre otras cosas a conocer al enemigo y a manejar con destreza un arma.
En los días trágicos del país, de luchas en los golpes militares, se batió a balas, librándose por la imagen que llevaba dentro del dije que le pendía del cuello; la virgencita de las Ánimas de Molqueregue, a la que se aferró con todo su ser, que sería la única, que le libraría de todo mal en el resto de su vida.
Desde lejos miró su puna blanca, montañas prodigiosas, sublimes, altos endiosados. Erguido sobre su caballo, echó un vistazo sobre su casucha que yacía casi destechada por el abandono, y las quinchas aflojadas por los vientos.
Desde dentro, una anciana, salió a su encuentro con los brazos secos, arqueados y abiertos, corriendo con una penosa fuerza, esquelética de piernas, para abrazarlo.
-¡Ayay...Hijitu’!... ¡Hijitu’ Reinaldo!... ¡As vueltu!... ¡Ayay...
Enterado Reinaldo Tambo, de las injusticias que pasaba en su pueblo, tramó cumplir su venganza en cuatro días…
Llegada la procesión de la Virgen de las Ánimas, los indios salieron a la calle del pueblo para acompañar la imagen desde su salida de la misa. La Virgen en esplendorosa actitud de amor y agonía reposaba en anda, sobre los fuertes lomos de los indios cuadrilleros que lo desplazaban en lascivo y devoto paso hacia la plaza.
Una corona de oro se entornaba sobre su cabeza, ondeando su impecable traje, elaborado de pequeños espejos ovalados que simbolizaban los difuntos refugiados en su regazo.
Los tamborilleros iban por delante entonando sacros huaynos Mientras que los shapis; hombres disfrazados de demonios representaban ser ahuyentados a latigazos por las ánimas o almas arrepentidas ante la virgen, para que no sean cargadas al infierno.
Al poco rato una hilera de guardias civiles a caballos apareció, tomando la plaza principal para ahuyentar a la indiada común que iban con la procesión, y dar paso a los hacendados y señoras del pueblo que no gustaban compartir su devoción con la plebe baja.
-¡Alto, cholos!, ¡Allí no más!, ¡Carago!, Desintoxiquen a la virgen de sus súplicas que sus señores tienen pedidos mas importantes para ella!...
Y cuando el capitán Bejarano seguía ululante en medio de la plaza pidiendo a los tamborilleros que dejaran de tocar los huaynos por canciones mas criollas para los señoriales, se abrió campo un hombre entre la indiada para desenfundar su escopeta y disparar a quemarropa contra el capitán Bejarano, cayendo muerto desde su montura con dos orificios de balas en el pecho.
-¡Muere perro desgraciao!,- Dijo el asesino, que era nada menos que Reinaldo Tambo, escupiendo sobre la cara del cadáver con odio irrefrenable, echándose a corre luego, en medio de los indios.
Por detrás los demás guardias civiles quisieron hacer lo mismo, pero encontraron resistencia por los indios que a empujones y codazos no los dejaron pasar.
-¡Indios de la gran jinapunas!...¡Horita van a ver como me los fusilo a todos, carago, por encubrir al asesino de un guardia civil!...
Sentenció el sargento al mando, mirando colérico a toda la indiada, que empezó a gritar desafiante a los gendarmes.
“¡Muertu el diablo Bejaranu, Molqueregue se quedó sin villanu!”…
Haciendo retroceder a los guardias, temerosos de un linchamiento.
Cuatro días duró la persecución a Reinado Tambo, habiendo fugado hacia las montañas por sendos caminos inverosímiles permaneciendo oculto entre las cuevas, alimentándose de lagartijas y aprovisionándose de agua en pequeños manantiales entre las rocas.
Los guardias civiles se aventuraron en su búsqueda, oteando a caballo largamente los accidentados caminos.
-¡El indio no anda lejos!....-Dijo el sargento, deteniendo a su caballería.- Puedo oler a rata entre esas cuevas del afrente.
Y tuvo razón, Reinaldo Tambo no andaba muy lejos, pues a poco de callarse, del fondo de la quebrada surgió un hombre arrastrando una enorme lagartija hacia el interior de la caverna.
-¡Indio, jinapuna, estás rodeado!... ¡Ríndete, carago!,! o te matamos como a perro!...
Le gritó el sargento.
El indio, se quedó inmóvil, perplejo, pero altivo, como una estatua maciza a la rebeldía ante sus captores que lo miraban como bestias El sargento teniéndolo cerca que no escaparía esputándole con la escopeta, avanzó determinado, y estando cerca lo abofeteó.
-¡Mostrenco, desgraciao!... ¡Por que as matado al capitán Bejarano!... ¡Ah, ya comprendo!...Eres Reinado Tambo, hermano de la Justiniana, una de las mujeres del capitán…
-¡Nu capitán, carago!... ¡Un perro desgraciao sí!...!, ¡Una vergüenza pal’ Perú!...¡Que no respetó la ley y ni el derechu de los demás!...
-¿Los demás?, ¡La ley!; ¡El derecho! ¿Qué sabe de eso un indio?... ¡Na mas sabe obedecer y trasquilar borregos!... ¡Ahora morirás desgraciao!...
-¡Mi sargento!...!Que corra como un perro pa matarlo a tiros!...Sugirió unos de los guardias que estaba cerca.
-¡Esta bién!...mis hombres en estas largas punas necesitan recrearse…. ¡Indio, corre carago!...
-¿qué?
-¡Que corras jijuna, o te disparo aquí mismito!
-¡Nu’ quiero!
Los hombres se miraron. Tardaron un poco, pero comprendieron que tenían que asesinarlo en el mismo sitio que estaba parado.
-¡Te vas a morir indio bruto!-Le dijeron.- ¡Te mueres aquí mismito o corres!... ¡Escoge por última vez, caraju’!
Reinaldo Tambo, repasó las posibilidades. Huir corriendo le pareció más digno tratando de luchar por su vida que ofrecerse sin resistencia ante la muerte. Y se destapó en loca carrera. Pensó en la imagen del dije de la virgencita de las Ánimas que lo protegiera de las balas como hasta entonces lo había hecho. Corrió, cogiendo con una mano la imagen santa que le pendía del cuello, aferrado a su ciega fe, y que saldría librado también de esta vez, como fue antes.
-¡Vergencita!...!Sálvame como las otra veces!...
Corría desembocado, contando los tiros que oía tras sus espaldas.
-¡Nu’ me darán!... ¡Nu’ me darán!... ¡La vergencita de las Ánimas me protege!...
Un disparo de la misma escopeta del capitán Bejarano alcanzó a Reinaldo Tambo en su carrera por la espalda.
El boquete de entrada fue tan grande como el que fue de salida también, a un costado de su corazón. Se derribó de rodillas, la sangre le salía a borbotones como del fondo de un enorme cráter. Y cayó con las manos hacia adelante, como si fuera un muñeco roto que se tiraba al suelo. Con miserable fuerza, o flaqueza sufrida se llevó una mano sangrante y temblorosa al cuello.
El dije de la virgencita de las Ánimas ya no estaba.