Domo Origato Mr. Roboto, 25 años, Chile
Las voces me obligaron a escribir esto
La sabiduría popular es un concepto bajo el cual agrupamos toda una serie de observaciones e intuiciones que, por alguna razón desconocida, nos parecen tan llamativas que decidimos inmortalizarlas por siempre en un refrán. En ella podemos encontrar ideas tan disparejas como “a quien madruga Dios lo ayuda” & “no por mucho madrugar amanece más temprano, o “perro que ladra no muerde” & “si el río suena es porque piedras trae”, convirtiéndola en una caótica mezcolanza de enseñanzas diametralmente opuestas entre sí.
Pero, para ser justos, tengo que admitir que esta observación no puede aplicarse a todos los proverbios existentes. Hay ciertos temas en los cuales el debate ha sido zanjado de una manera tan tajante que ni siquiera el sofista más comprometido con su causa sería capaz de darle una vuelta de tuerca al asunto. ¿Acaso tú conoces a alguien que se atrevería a discutir la máxima; “más sabe el diablo por viejo que por diablo”? Lo dudo bastante. Desde tiempos inmemoriales los grupos humanos han asociado la juventud como aquella época en la cual tienes más probabilidades de cazar algún mamut (o alguna proeza muscular semejante) y nada más. El hecho de que la edad trae consigo sabiduría es tan indiscutible que, cuestionarlo, sería tan imprudente como tratar de almorzar realizando fotosíntesis.
Tomemos como ejemplo el caso de Eduvigia Meliandre, una mujer que, a sus noventa y cuatro años de edad, sabía muchas cosas. Ella estaba segura, por ejemplo, de que habían sido el alcoholismo y la promiscuidad las razones por las cuales nunca tuvo un padre a su lado, por mucho que le intentaran lavar su cerebro con patéticas fábulas surrealistas. También tenía la certeza inamovible de que los evangélicos estaban equivocados al no adorar a la Virgen María; una mujer que acepta estoicamente quedar embarazada sin antes haber probado los placeres de la carne era, sin duda alguna, una Verdadera Santa. Por último, ella poseía la convicción de que el día de hoy era único. Pero no en el sentido de “cada minuto cuenta”, el cual le habían enseñado en sus pasadas reuniones de alcohólicos anónimos, sino que realmente especial.
Eduvigia sabía, más por vieja que por diabla, que iba a perecer antes de la medianoche.
No me pregunten cómo su edad podía otorgarle este conocimiento tan particular, si lo supiera estaría viviendo de mi pensión y no trabajando como un pobre narrador de cuentos, pero era indudable que ella no se equivocaba. Tal y como sabía que la luna llena era dentro de tres días, o que la inflación solamente iba a empeorar, Eduvigia era capaz de apostar lo que fuera a que su nombre aparecería en los obituarios del diario de mañana. Suponiendo, eso sí, que alguno de sus increíblemente poco generosos parientes se dignara pagarlo.
Aunque describirlos cómo “poco generosos” probablemente sea demasiado magnánimo de mi parte. Desde los tiempos del tataratatarabuelo Harpagón ellos habían sido reconocidos como una tropa de avaros sin sentido alguno del altruismo. De hecho existe un Doctor en Canadá que recientemente ha publicado un paper sobre el tema, en el cual sostiene la muy aceptada tesis de que esta “herencia” familiar tiene sus orígenes en una abominable alteración genética, “Meliandritis Apaticus Crónica”, que les impide a estos seres humanos tener cualquier tipo de empatía. Desde ya varias generaciones que los bebés Meliandre aprendían a cuadrar los libros antes que caminar, no tanto por que fueran unos prodigios de las matemáticas como por el hecho de que vivían sentados sobre el excusado (o la letrina, dependiendo de la época) y solamente tocaban el suelo cuando aprendían a avisar, estrategia que les ahorraba un enorme dineral en pañales (o agua, bis) pero aburría a los infantes enormemente, por lo cual se veían forzados a distraer su mente en otros asuntos.
Esta peculiar (algunos dirían repugnante) característica familiar generalmente había sido vista por Eduvigia como una maldición, sin embargo el día de hoy entendió que era una bendición disfrazada. Con el conocimiento de que le quedaban menos de veinticuatro horas por vivir se veía en la obligación de hacer valer sus últimas horas en esta tierra, por lo cual decidió llamar a sus familiares para regañarles por su obsesiva relación con el dinero. ¿Quién sabe? A lo mejor, gracias a su gesto, las futuras generaciones iban a ser mundialmente famosas por sus actos filantrópicos (además, dado que se iba a morir, la cuenta telefónica a fin de mes le iba a salir completamente gratis). Así que agarró el teléfono y comenzó a llamar. Durante todo el día, salvo unos breves viajes al baño, estuvo pegada al auricular. Le dijo a su sobrina Isabe (el señor del registro civil se había quedado sin tinta cuando llegó al final del nombre) lo mucho que le molestaba ver a sus hijos pastando en el jardín cada vez que el pan subía de precio. Recriminó a su primo Octavio por tratar de desangrarse cada vez que le dolía la cabeza solamente para ahorrarse el dinero de las aspirinas.
Lo dijo todo, no se guardó nada. Nunca en su vida había sido tan honesta. Ni siquiera aquella noche en la cual la CIA, al descubrir que trabajaba como doble agente soviética, la interrogó toda la noche bajo la influencia del tiopentato de sodio. Fue tan relajante para ella este exceso de transparencia que al anochecer se fue a su cama más liviana que de costumbre y, luego de rezar diez padrenuestros en agradecimiento por que su vida iba a terminar mientras dormía plácidamente, se acostó. Esta tranquilidad, sin embargo, la abandonó raudamente la mañana siguiente. Ahí estaba ella, vivita y coleando, en su cama.
¡¿Qué diablos había sucedido?! ¡¿Por qué no estaba muerta?!
Eduvigia entró en un estado de pánico absoluto, jamás se había equivocado en alguna de sus predicciones y no estaba dispuesta a debutar en este preciso instante. Rápidamente se vistió y se subió a su auto, determinada a conseguir algunas respuestas. Lamentablemente para ella, la información que buscaba yacía en un lugar inalcanzable por cualquier método de transporte convencional, la solución a sus dudas estaba en un plano de la existencia que trasciende el tiempo y el espacio: La Residencia de los Dioses, en donde se construye la mismísima esencia de la realidad y se desayuna ambrosía todos los días.
Es ahí, en aquel inalcanzable centro que sujeta nuestro universo (y millones más), que una conocida deidad había decidido romper el delicado balance cósmico tomando una decisión que iba muchísimo más allá de sus atribuciones: La Muerte había jurado que nunca más iría a Latinoamérica.
Las demás deidades habían intentado hacerla entrar en razón, pero no consiguieron absolutamente nada. Ningún argumento fue capaz de convencer a la Muerte. Estaba ya cansada de llenar aquellos tediosos reportes de negligencia cada vez que pasaba a recoger a un Michael en vez de un Maikel. Una Yenifer en vez de una Jenifer. Estaba ya completamente aburrida de tener que escuchar millones de avemarías cada vez que cosechaba un alma nueva. Además las preguntas la volvían loca ¿Podemos pasar por la iglesia a prenderle unas últimas velitas a mi santo? ¿Por qué no cambia el color de su túnica a algo más alegre, como rosado, señora Muerte? ¿Segura que no quiere pasar a comer algo?
Estaba hasta su coronilla… disculpen, hueso frontal, con todo esto, sin embargo ninguna de esas cosas había sido la gota que derramó el vaso. Podría haber hecho la vista gorda a todas esas pequeñas molestias, pero ya no toleraba ni un solo segundo más a los Dioses encargados de esa zona. Malditos zánganos, todo y cada uno de ellos. Más que divinidades parecían una piara de burócratas cuya productividad era inversamente proporcional a la duración de sus vacaciones. Nunca tenían los papeles listos a tiempo y nadie se hacía cargo de absolutamente nada, simplemente se dedicaban a echarse la culpa unos a otros. Ya no había vuelta atrás, la Muerte había rotulado a los latinos como persona-non-grata.
Eduvigia fue solamente la primera en darse cuenta, pero la noticia no tardó en expandirse por toda la región en un abrir y cerrar de ojos. Los atropellados solamente necesitaban más kilos de yeso para sanar sus brutales quebraduras. Las víctimas de las balas perdidas únicamente tenían que ingerir más agua para recuperar todo el fluido derramado. Cualquiera, sin importar su nacionalidad, podría darse cuenta de lo que estaba sucediendo, aunque hay que reconocer que había que ser un latino para soportar las enormes repercusiones que este descubrimiento tuvo.
La rumba ha comenzado, y, ahora sí que si, nada la va a parar.