Federico M. Winer
Cristina Fernández de Kirchner acaba de anunciar uno de los proyectos más fashion del continente: un tren bala que unirá a Buenos Aires con las ciudades de Rosario y Córdoba. “Un salto a la modernidad que cambiará la región”, según lo definió la presidenta de la Argentina.
No le falta razón a la señora. El paso de la alta velocidad entre los tres núcleos principales de población del país (el 60% del total) será revolucionario; primero en las arcas del tesoro nacional, que emitirá bonos de deuda a treinta años por unos 4 mil millones de euros.
También permitirá que los turistas que aterricen en Baires paseen por otras ciudades; que los rosarinos y cordobeses de buena posición –a 600 pesos (120 euros) por pasaje- puedan hacer shopping el fin de semana en la capital. Ah… y que los porteños tengan un motivo extra para fanfarronear.
Nadie duda de que está bárbaro que un país del Cono Sur acceda a la alta tecnología en infraestructura. Pero mientras en los países desarrollados estos ferrocarriles son un complemento a una red integrada por los trenes convencionales, en la Argentina se invertirá una fortuna en las locomotoras del Siglo XXI cuando las del milenio anterior lo hacen en condiciones miserables.
Correr sí. Caminar, no.