Dorelia Barahona Riera
Michael Jackson se salvó
Después de todo, la vejez es la última gran lucha de un ídolo, y pasarse por alto arrugas, enfermedades largas, voz quebrada y cuerpo encorvado, ha sido un premio para quien entró y salió de juzgados y clínicas durante los últimos diez años como únicos paseos de un ídolo molido por la prensa y los mismos fans.
Ejemplo viviente de los logros del consumo y del culto al ídolo tan contemporáneo. Con qué vehemencia las marcas de las casas comerciales contribuyen a fabricar estos personajes, que a cambio de su vida y su talento enriquecen los bolsillos de muchos, dejándose para ellos las ilusorias glorias, pasajeras todas, y unos números en sus cuentas de banco que no quitan, no evitan, y jamás cambian la hora en que le toca a uno partir, desnudo, como los hijos de la mar, como decía el bello Machado.
Una muerte instantánea es perfecta para quien sufriera tanto con ser. Ser en particular negro, ser en particular blanco, ser en particular padre, ser en particular hombre, ser en particular enfermo... Solo un día y un segundo y se unieron todos sus posibles modos de ser en uno solo que muere. Hoy más que nunca integrado. Hoy más que nunca ídolo sin sospechas.
Muere la linda rubia de Los Angeles de Charlie, después de una batalla dura. Prueba de su valentía fuera de escena, cuando su pelo dejaba de ser el alma de ella misma, para convertirse sólo en su pelo y ella, la humana mujer, inicia su última batalla de mortal dolida, donde no hay dobles ni versiones nuevas disponibles.
Dos maravillas mueren y yo les digo adiós con la mano de quien duda si no hubo mano criminal de la psiquis social, mano oscura de los mass media, que lanzan a la autodestrucción y al abismo los fragmentos que quedan del alma de estos seres delicados y maravillosos. Hijos del individualismo y de la soledad como principal minusvalía ante el éxito.