"Desnudo marcaré mis pasos, y al caer la noche,
sabré que todo ha llegado a su final".
Hojas caen sobre mi espalda, es otoño y el aire huele muy espeso, sólo espero que la tarde llegue a su fin para refugiarme entre las sombras. Muy despacio seguiré avanzando mi mirada, no quiero presionarme demasiado, prefiero admirar la belleza del sol ocultando su amplia cabellera de fuego.
-¡Susana, llegas tarde!, ¡ya era hora que estés aquí!, ¡ve a vestirte y a trabajar!, ¡y no olvides que si no trabajas, te tendrás que arreglar con Escobar!, y ya sabes cómo él la gasta con quien no trabaja como se debe, tienes que sudar, ¿me entendiste? tienes que sudar.
Susana Puertas, así me llamo, o así me dicen, sólo conozco este nombre, pues desde muy niña mi padrastro me sacó a la fuerza de la casa de mi madre. Vivíamos en un pueblito de la Costa, muy pequeño, pasábamos hambre, pero igual no me podía quejar porque por lo menos estaba mi madre conmigo. Mi madre, doña Esperanza, trabajaba como doméstica en una casa de ricos, una familia de mucho dinero aunque de muy poca educación, no sé para qué les servía tanta plata si ni siquiera podían tratar bien a las personas. Muchas veces pude ver a mi madre llorando a causa de sus patrones, pero se aguantaba por nosotros que éramos tres. Tenía dos hermanos, de uno de ellos me enteré que lo asesinaron el año pasado, del otro apenas si me acuerdo. Todo iba bien o por lo menos nos ideábamos cómo no morirnos de hambre, vendiendo caramelos, subiéndonos a los buses a cantar, aunque no me gustaba mucho lo tenía que hacer, pero lo hacía por mi madre. La peor parte de cantar, no era, precisamente, cantar, sino ver la cara de pendejos que ponían las personas cuando subíamos a los buses. ¡Como si nos gustara estar ahí!, nos miraban de arriba a bajo como si tuviéramos algo en la cara. Pero bueno, como iba diciendo, todo iba bien hasta que llegó el mal nacido de Fidel Cipriano, el verdadero diablo; mi madre un buen día lo trajo y nunca más se fue de la casa, para desgracia de mi madre y de paso de la nuestra.
Desde aquel momento entendí que la vida no iba a ser nunca la misma, Cipriano, como lo conocían, era un vulgar matón de barrio, se la pasaba tomando con sus amigos, jugando a las cartas, peleando de cantina en cantina. Gran ejemplo paterno que se consiguió mi madre. Apenas había cumplido catorce años y ya sabía lo que era tener que ir a una cantina llena de borrachos a sacar a Cipriano, quien tenía una peculiar forma de agradecer estas atenciones, con caricias que zumbaban al viento y que hacían temblar al silencio, esa era su particular manera de agradecer las atenciones de mi madre, de mis hermanos y las mías.
Mi madre después de tan buenas atenciones por parte de Cipriano, quien la dejaba toda multicolor, cual payaso de lo pintada que quedaba, tenía que irse a trabajar y a seguir soportando a unos miserables que se las daban de filántropos, limpiando como todo rico su conciencia en navidad o en semana santa, para quedar en paz con Dios. No entendían que en verdad no es con Dios con quien hay que quedar bien, sino con lo que él más quiere que son sus hijos, ¿o acaso no murió en la cruz por eso?
Mis quince... mis quince no fueron como en las novelas esas que veía mi madre, en donde aparece una niña con su largo vestido rosado, con muchos caballeros que están allí con la única finalidad de proteger y atender a la dama vestida de rosado, quien está vestida así para simbolizar su paso de niña a casi mujer, ¡pamplinas!, para los de abajo no existen cosas así. ¿Por qué creen que se inventaron las novelas?, para tener embobadas a las personas como mi madre, quien se admiraba y hasta lloraba conjuntamente con la heroína quien al final resultaba ser la villana de la novela, es decir toda un enredo.
Mis quince pasaron casi desapercibidos durante el día, aunque al llegar la noche fue Cipriano quien me festejó mi paso de niña a casi mujer, de la única manera que sabía hacerlo. De esa misma manera particular con la que solía actuar Cipriano: de rosa pasó a ser muy roja la noche, nunca olvidaré aquel regalo de cumpleaños, unos quince inolvidables.
Pasaron varias semanas después de aquella gran fiesta que Cipriano me preparó e intenté contarle a mi madre lo sucedido, pero como pasa casi siempre, me dieron la espalda y me sacaron con una muy digna patada en el trasero.
Vagué por mucho tiempo, sin rumbo, me atrevería a decir que hice de todo. Allí conocí a Escobar, un Cipriano pero en chiquito. Había que ser muy habilidoso en las calles para ingeniárselas para poder comer, no nos podíamos dar el lujo de desperdiciar los files miñones que nos lanzaba la gente desde las ventanas de sus coches. Otras veces había que engañar al estómago aspirando grandes cantidades de miel, ésa que se usa para pegar muebles, era muy reconfortante, a veces, y así, de esta manera, pasé de casi mujer a mujer, ya a los dieciocho años había vivido mucho más que algunos.
Hasta que otra vez me sorprendió el diablo ¡se te durmió el diablo!, como dicen. Una noche mientras vagaba, después de haber consumido grandes cantidades de miel fui a dar directo a un bar de esos muy elegantes, en donde los caballeros que están allí entablan conversaciones de gran altura, con finísimos tratos hacia una dama como yo, y como no podía ser de otra manera, dentro de aquel lugar se encontraba Cipriano. Como estaba todavía poseída por los efectos de la miel, me interceptó y me invitó a recordar aquellos momentos muy peculiares que viví con él, la noche de mis quince años.
Era cuestión de tiempo para que Cipriano conozca a Escobar, hicieron amistad más rápido que de inmediato y cuadraron un negocio en donde no había cómo perder, todos ganarían. Escobar me dijo:
-¡Tú también ganas!, ¿o no te gusta lo que haces?, lo único que tienes que hacer es disfrutar. Si yo estuviera en tus zapatos disfrutaría todo el tiempo.
No me quedó muy clara su explicación, pero igual, tenía que trabajar.
-¡Susana, muévete vamos ya es hora!, o quieres algunas caricias, ya sabes cómo se desquita Escobar, y si no quieres entenderte con él entonces te tendrás que entender con Cipriano.
Sí, Cipriano es el dueño del castillo en donde trabajo, allí dentro hay muchas chicas, algunas como yo, en su momento, casi mujeres. Jugamos con alguna frecuencia al papá y la mamá como lo hacíamos cuando éramos niñas, y Cipriano y Escobar son nuestros caballeros como en la fiesta de quince años, quienes están en la pista de baile, únicamente para protegernos.