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tribuna Latina
2 concurso cuento corto
Los 5 primeros clasificados de la categoría 2ª edición Tu Cuento Vale
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PREMIOS
CATEGORÍA JÓVENES


Ganador: 3.000 euros

Se entregarán además dos menciones de honor.
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PREMIO DEL PÚBLICO

Hasta 13 años
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Hasta 18 años
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Hasta 27 años
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Fecha de publicación: 10/08/2009
Julieth, 25 años, Colombia
tu cuento vale
Niebla
¿Ves ese hombre que está en la puerta de la iglesia? Bueno, pues es con él con quien me van a casar. ¿Que cómo sé que es él? Ya te lo dije, Gertrudis, se lo prometió ayer a mi papá: él lo mandó llamar; le ordenó sentarse detrás del escritorio y ni siquiera lo miró a los ojos. Puso su rifle en medio, se acodó sobre la mesa y le dijo: “te vas a casar con mi hija, ¿verdad?”. Y él dijo que sí, que no quería otra cosa en la vida que casarse conmigo. De nosotros nadie se burla, dijo papá. Y lo mandó a la casa del señor cura para pedir el permiso. Él salió de la oficina; dobló la esquina y no regresó en toda la tarde. ¿Que por qué está aquí, hoy, vestido de novio? No lo sé, por eso te pedí que me acompañaras. Mira, tal vez es ella a quien quiere. Se van a casar, ¿verdad? Ven, escondámonos detrás de la sombra del árbol. No le vayas a decir nada a papá. Sería capaz de matarlo y yo… bueno, tú sabes, Gertrudis: siempre lo quise, así no fuera mío. Dios lo bendiga. ¿Y mi hijo, preguntas? Pues ya sabré yo qué hacer con él.

¿Crees que seré una buena madre, Gertrudis? Mira, ya tengo los senos hinchados de leche. ¿Fuiste a la estación de buses para ver si él ya regresó? Ayer viste un hombre con un ramo de rosas blancas sobre el pecho, la cara rígida, pálido, y levantaste el brazo para que te reconociera. ¿Era él? Sí, dicen que ya no vive con esa mujer. Estoy convencida de que aún me quiere. Por eso vino a verme.

Te juro que es verdad, Gertrudis: encontré este niño y junté su cabeza a la mía para sentir su calor. Déjame quedarme con él, por favor. Desde la noche de bodas de papá nadie ha sido feliz en esta casa.

¿Sabes, Antonio? Anoche soñé con tu padre; vino de madrugada y metió su mano en mi vientre. No me esperes, dijo; quédate con esta cosa y bautízalo con mi nombre para que no me olvides. Y puso en mis manos un pedazo de carne muerta. Estoy segura de que eres es el hijo que me prometió.

¿Cómo era el hombre que viste en la estación, Gertrudis?

Nadie cree en mí, hijo; pero no hagas caso. Te hablaré de mí para que no sientas miedo. Cuando era niña, como tú, me enamoré de un río y tuvimos un bebé. Papá me castigó por tener un hijo imaginario. Dijo, además, que una vez enrollé al gato con el delantal de la cocina y lo llené de besos. Yo no recuerdo nada de eso, pero papá dice que es verdad y sé que nunca me mintió. En las noches, cuando hablo con él, me dice que si alguien muere debe esperar en la entrada del cementerio hasta que llegue el próximo muerto. Me está esperando, dice.

Mientras tu abuelo aguarda por mí, te hablaré de tu padre. Antes de venir aquí tenía fama de mujeriego. En eso te pareces a él, aunque no es de ti de quien voy a hablar. Es hora de que sepas cómo era él y por qué nunca lo has visto, aunque papá dice que yo tampoco lo he visto. 

Quiero que sepas que es alto, y fuerte. Muy guapo según las muchachas. A diario jugábamos para saber quién se quedaría con él, y yo gané varias veces. Era a mí a quien más miraba; siempre sonreía y levantaba su sombrero al pasar por mi lado. Me gustaban sus bigotes y sus dientes, blancos como nuestra casa. ¿Que cómo lo conocí? Dejaré que sea él quien te cuente esa historia cuando seas mayor y quieras enamorar a una mujer. Pero si él está muerto tendrás que esperarlo en la otra vida para que te cuente todo. Pero entonces ya no podrás enamorarte.

Tienes el aspecto que imaginé cada noche antes de que tú nacieras, aunque debo confesarte ahora que no recuerdo cuánto tiempo te tuve en mi vientre. Es más: ni siquiera sé si alguna vez estuve embarazada. Pero sé que eres mi hijo y que te pareces a las personas que vienen en grupo y me sacuden por la noche. Una de ellas es mamá; llega cuando ya estoy dormida y me desnuda. Luego llama a otras mujeres y les dice: ella es Irene, la última de nosotras. Las desconocidas se acercan, me tocan con sus manos huesudas y se ríen. Mamá me pide que la amamante y se refugia dentro de mi pecho. Yo acaricio su cabello, grueso como la canela, y luego se deshace entre mis dedos. Ahí terminan todos mis sueños. 

Te pareces a las mujeres que deambulan por la noche con mi madre muerta. Mi madre se llama Gertrudis. Ya me has oído hablar de ella.

Voy a arroparte con mi velo de novia. ¿Que por qué es de color negro, dices? Fue el único que encontré en esta casa, y es el que mejor te sienta. ¿Sabes? Un día oí que la gente me tiene miedo. Dicen que una noche me encerré en este cuarto, me vestí de luto y aseguré que iba a casarme con tu padre. Luego tomé un puñado de arroz, lo tiré al aire y fingí que salía de la iglesia tomada de su brazo. Dicen que tarareaba un vals. Dice que quemé esta casa. No sé si es cierto, o no. Papá era el único que decía la verdad, pero ya se ha ido. Debes conformarte con lo que yo te diga, Antonio.

¿Gertrudis? ¿Has visto a Gertrudis, Antonio? Alguien camina a esta hora. Es un hombre, ¿no crees? O tal vez una mujer. Sí, es una mujer: sus pasos son suaves y no va de prisa. Quiero pensar en una mujer y lo primero que oigo son esos pasos. ¿Eres tú, mamá? Imagino que has caminado sobre la lluvia y luego has pasado a la acera limpia; imagino tus huellas impresas en el suelo. Sé que me esperas bajo un árbol mientras haces un nudo a tu sombrilla. ¿Ya es hora de irnos, mamá?

Allá afuera hay gente que pregunta por ti. Me piden que te deje descansar en paz. Una mujer llora todos los días y te busca en cada casa. Dicen que soy yo. Que no estás paz por mi culpa. Dicen que soy la mujer que llora y la mujer que te busca. Ve y diles que es mentira, que estamos esperando a tu padre y que he sido una buena madre. ¿No quieres ir? Está bien: iré yo y les diré que no estás aquí.

Una vez vi cómo se movían las campanas sin que las empujara la brisa, porque aquí no corre la brisa y las cosas se mueven solas. Sólo las cosas, porque sus sombras permanecen quietas. Las campanas huelen a muerto. Yo iba de la mano de papá; detrás de mí las viudas barrían mis pasos. Vi que todos se armaban con piedras y palos y me molían la espalda. 

El padre Juan estaba entre la multitud, vestido con su sotana negra, achicharrado por el sol del mediodía. Cargaba con una rama gruesa entre sus manos; me pregunté de dónde la había sacado porque aquí sólo crece la sombra. Luego vi a papá.
Te han matado, dijo.
No volvimos a vernos por la niebla que había entre nosotros.

No sé por qué nunca lloras. Eres un niño obediente, le diré eso a tu padre cuando regrese por nosotros. Pero tampoco sonríes, y nunca abres los ojos cuando te hablo. Pero te quiero. Lo único que no me gusta de ti es que aún tienes ese olor fuerte que sentí en tu piel el primer día. Hueles como el pescado que queda del Viernes Santo. Tus párpados son verdes, y detrás de tus orejas también eres verde. Creo que tendré que limpiarte. ¿Sabes? Esto que parece un panal quemado será por siempre nuestra casa. Olvidé decirte que anoche hablé con Mercedes, la viuda de Raúl. La vi en medio de la niebla: estaba gritando porque nadie ha venido a visitarla luego de morir. Era muy vieja cuando murió. Como el candado que asegura el ataúd en que dormimos.

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