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tribuna Latina
2 concurso cuento corto
Los 5 primeros clasificados de la categoría 2ª edición Tu Cuento Vale
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PREMIOS
CATEGORÍA JÓVENES


Ganador: 3.000 euros

Se entregarán además dos menciones de honor.
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PREMIO DEL PÚBLICO

Hasta 13 años
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Hasta 18 años
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Hasta 27 años
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Fecha de publicación: 07/09/2009
María Helena, 22 años, Colombia
tu cuento vale
No vinieron a visitarme
I
Se aproximaba el mes de septiembre; mi abuelo cumpliría cien años, un acontecimiento digno de celebrar para quien había sido el hombre más importante del pueblo. Y no era para menos: fue un destacado militar y personaje político, dirigió variadas tropas y trajo para nuestro país la libertad absoluta.

En algunas ocasiones, cuando su memoria se lo permitía, se sentaba en el corredor de la casa y nos contaba historias de cuando era joven; preguntaba angustiosamente por la vida y suerte de amigos, familiares y conocidos. De repente, levantaba su mirada a lo lejos y señalaba entre las montañas por dónde habían de pasar sus tropas y de qué manera se tenían que hacer las emboscadas. Confundía los espacios, el tiempo y los acontecimientos; a veces creíamos que no diferenciaba entre sus sueños y la realidad. Preguntaba dónde estaba mi abuela, por qué demoraba tanto con los niños, y suponía que algo le había sucedido para que no llegara temprano a casa. Mis tíos insistían en que no debíamos contradecir a mi abuelo, que teníamos que asentir en todo cuanto decía y que por ningún motivo debíamos recordarle que mi abuela había muerto, quizá de tristeza, esperando que dejara las armas y volviera definitivamente a casa.

En sus últimos años, luego de la muerte de mi abuela, aún cuando era conciente de sus palabras y sus actos, volvió para quedarse. Derribó la casa matrimonial y mandó construir una gran casa nunca antes vista en el pueblo; él mismo sembró los árboles y los jardines con matas que mandó traer de otras partes. Compró un par de perros guardianes: Almirante y Capitán. Mandó construir un corral para más de cincuenta gallinas y otro para los conejos. Compró patos, cisnes, pavos y otra cantidad de animales. Labró una gran huerta en la parte trasera de la casa, tenía cultivos de toda clase y para cualquier época del año. Dedicó su tiempo a las labores del campo, tratando de distraerse, de no pensar en mi abuela, quien con sacrificio crió a los hijos que le engendró en sus cortas y esporádicas visitas el militar. 

Nunca permitió que alguno de sus hijos o nietos viviera con él; ocasionalmente se podía pasar una noche allí, sólo permitía visitas cortas, así se tratara del mismo Presidente o del más alto General. Iba al pueblo los domingos cada quince días, a misa; luego pasaba al cementerio para llevarle a mi abuela las flores que cultivaba en su jardín.

Pasaba gran parte del tiempo contemplando una vieja foto matrimonial; luego, examinaba sus armas, las limpiaba una y otra vez con aceites y trapos. En las noches, apagaba todas las luces de la casa y desde su cuarto apuntaba por la ventana con un arma hacia el patio; se dirigía hacia el balcón trasero con el arma y vigilaba que nadie estuviese asechándolo desde la huerta. Sólo así podía conciliar el sueño.

La preocupación de mis tíos empezó a crecer con el tiempo: empezó a tener graves problemas de memoria, olvidaba bañarse y cambiarse de ropa, olvidaba el lugar de las cosas, aunque descubrimos que en realidad las escondía en los días de visita. Nosotros lo vimos varias veces esconder las herramientas y las cosechas de la huerta. Tenía una vaca a la que olvidaba ordeñar, algunas veces, olvidaba encerrar al ternero para que le dejara leche al otro día. En alguna ocasión se quejó conmigo acerca de un dolor de muela, olvidando que se le habían caído todos sus dientes y muelas, y que el dolor lo producía la caja de dientes sobre su encía. Les echaba maíz a las gallinas varias veces al día hasta que éstas se iban sin comer un sólo grano. Los perros se turnaban la estadía en la casa cuando se iban de cacería, mi abuelo olvidaba darles de comer; en algunas ocasiones abría la puerta del corral para que salieran los conejos y se comieran las hierbas de la huerta, luego pasaba horas buscándolos para regresarlos al corral.

Nos preguntábamos cómo sobrevivieron los demás animales.

Mi mamá y mi tía Rosita lo empezaron a visitar todos los días, y lo primero que decía era: No han venido a visitarme. Mientras mi tía Rosita lo atendía en sus alimentos, mamá hacía el aseo a escondidas. Algunas veces él se enojó al darse cuenta, pero al rato lo olvidaba todo. Y es que no era aceptable para él permitir que lo atendieran. Siempre se consideró un hombre capaz e independiente, hasta el último día.


II
Antes del cumpleaños, ya todo estaba listo para la gran fiesta. Los ocho hijos y las familias de su olvidado matrimonio habían viajado de todas partes, unos del extranjero y otros desde la capital. La casa estaba adornada por todos lados: le habían presentado a mi abuelo sus nietos desconocidos y le dijeron que se parecían a él no sólo en sus facciones, sino también en su carácter. Le trajeron del extranjero algunos trajes, elegantes y costosos, varias camisas, zapatos y perfumes, para que escogiera a su gusto el que luciría en la celebración. Se sacrificarían varias reses y hasta se contratarían cocineros. Los grupos musicales más populares de la región fueron llamados para tocar toda la noche y hasta se le pagó al cura por adelantado para que hiciera una misa jamás vista en la vieja Iglesia. El alcalde declaró Día Cívico y la población se preparaba para el homenaje. En la plaza del parque, junto a la fuente central, se dejaría caer el lienzo que cubría la estatua del hombre más importante del pueblo: -Efigenio Gómez Roldán- 100 años de nuestro honorable Libertador. La calle de honor, por donde había de caminar mi abuelo para saludar al pueblo, conducía desde los largos escalones del atrio de la Iglesia hasta el monumento, adornada a lado y lado con flores y precedida por una larga fila de soldados debidamente uniformados y entrenados para la ocasión.

La noche antes de su cumpleaños número cien, mi abuelo se tomó algunos whiskeys, brindó por la libertad, por mi abuela y porque, según él, era la primera vez en cien años que iban a visitarlo. Yo mismo lo llevé a la habitación; allí me confesó que yo era su nieto preferido. “Antonio: la libertad de un pueblo no se consigue con armas, es la mente lo que los hace esclavos o libres, yo por ejemplo soy esclavo de mi conciencia y mis remordimientos y hasta del tiempo”.

Esa noche descubrí que mi abuelo no sólo había diseñado la casa para albergar a todos sus hijos, sino que siempre había sido consciente de sus actos. En la madrugada, un grito de mi tía Rosita, acompañado por el cantar de los gallos, despertó a la familia y la reunió en la sala de la casa, frente a la estantería de los galardones y reconocimientos del militar. Mi abuelo estaba muerto, acostado boca arriba, con las manos en el pecho sobre el impecable traje de Sargento, el traje que finalmente escogió para este día, con todas sus insignias. Y así, dió fin a la mejor emboscada de su vida, reunir a toda su familia. La casa adornada, los músicos, el cura y el pueblo dieron su último adiós al militar. El lienzo cayó, inmortalizando al héroe nacional. 

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