Borboleta, 27 años, España
Nuestro mundo
El mundo se levantó desolado una mañana. Los árboles, las flores, los animales, los olores e incluso los colores habían desaparecido. En medio de aquel agujero oscuro sin tiempo ni espacio, se encontraron varios hombres y mujeres originarios de diversas tierras.
Asustados y desorientados, sin reconocer dónde estaban, empezaron a mirarse los unos a los otros.
Al cabo de un rato oyeron una voz que les dijo:
- ¡Habéis descuidado todo cuanto había a vuestro alrededor y ahora debéis encontrar de nuevo el camino!
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En ese momento, uno de los hombres reconoció aquella voz:
- ¡Es Nyol-Infine! ¡el espíritu de la conciencia africana! Alguien de vosotros debe ser el culpable de este desastre, de que nuestros paisajes, pueblos y aromas hayan desaparecido!
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Aquellas palabras indignaron a todos los presentes y antes de que aquel chico pudiera decir nada más, se desató una fuerte pelea. Así, todos fueron culpándose entre ellos. Los gritos se sucedieron durante horas hasta que despertaron a la diosa muisca Bachué. Ésta, enfadada les increpó:
- Todos y cada uno de vosotros sois responsables de que huyeran de la Tierra las cosas bellas que la vida y el mundo os ofrecieron. Unos, por buscar el poder y la riqueza, en vez del bienestar de vuestras gentes, otros por valorar los bienes materiales y superficiales en vez de la verdad, la humildad y la belleza interior. Los hay que os habéis apropiado de tal forma de los recursos naturales de Pachamama, la Madre Tierra, que los habéis agotado…
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Los hombres, avergonzados, se callaron y empezaron a sentir una gran tristeza por haber causado todos aquellos males. Fue entonces cuando apareció el espíritu de Blimundo, un buey al que un Rey había querido matar por defender la justícia, la armonía y la libertad. Aquel mismo Rey, que se encontraba también allí presente, se asustó muchísimo. Blimundo habló para todos y en especial se dirigió al Rey:
- Ciertamente debéis avergonzaros por mi muerte, pero conmigo no creáis que han muerto los valores en los que creía y sigo defendiendo. La justícia, la libertad, la paz, el desarrollo sostenible, no tienen cuerpo ni nombre ni apellidos, pero viven en todo aquel que cree en esos valores y los defiende como yo hice un día. Todavía hay esperanza…- y dicho esto se fue.
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Acto seguido un indio pemón que estaba por allí, preparó una deliciosa torta de casabe, hecha con yuca, y todos la comieron y la disfrutaron, reflexionando cada uno en las palabras de aquel genuino buey. Lo que no sabían es que Nyol-Infine había colocado en la torta una sustancia estimuladora de sueños. Así que al poco rato de haber degustado ese manjar todos se quedaron dormidos. Mientras dormían vivenciaron cosas magníficas. Algunos soñaron con selvas, bosques, sabanas, mares y ríos, y los imaginaron coloridos, vivos, poblados de seres vivos increíbles. Los hubo que imaginaron sonrisas, montones de sonrisas que teñían pueblos enteros. Y solo había guerreros de paz en esos pueblos, defensores de la justicia y la alegría.
Al cabo de unas horas, el sueño de cada uno se convirtió en sueño colectivo. Al despertarse, todos quisieron compartir aquello que habían soñado y empezaron a imaginar, ver y crear nuevos mundos en aquel mundo que compartían. Y fue así, soñando, compartiendo y dialogando, como aquellos hombres y mujeres construyeron nuevos caminos y crearon otras realidades de esperanza y paz.