Autor: TAINO
Edad: 30 años
País: España
Roberto, otra historia perdida…
Hay días en que la ausencia del viento presagia lo peor. Hay hombres y mujeres a los que el éxito y la fortuna no le acompañan. Hay millones de historias y vidas perdidas en las calles de nuestras ciudades. Calles que se conectan entre si separando a las personas. Abren camino a los coches, interrumpen el libre paso de las personas y ponen fin a muchos viajes, a muchas vidas, a muchos sueños. En una de esas calles, Roberto terminó su viaje, su aventura encubierta en una ciudad que apenas conocía.
Como hacía cada día desde que llegó a Barcelona procedente de Santo Domingo, Roberto caminaba por la ciudad intentando encontrar un trabajo que le permitiera sostenerse económicamente en una ciudad tan cara como hermosa e interesante resulta. Cada día que pasaba sus esperanzas se desvanecían haciendo de sus sueños terribles pesadillas. El metro se había convertido en la tumba de sus ilusiones. Su difícil situación de inmigrante se vio profundamente dramatizada por carecer de permiso de residencia y trabajo, lo que servía como excusa para negarle la solidaridad y la justicia a un hombre que llevaba en su rostro su pena y el hambre de muchos otros.
Roberto no era uno de esos ejecutivos para los que no existen fronteras, de los viajan tanto como puede hacerlo su dinero. Roberto era uno de esos hombres que lo único que pueden exportar es su fuerza de trabajo, pero no libremente, sino condicionada por los ejecutivos y su dinero, por los prejuicios y los gobiernos. Las fronteras son como grandes calles o avenidas en las que los ejecutivos se desplazan montados en lujosos aviones o en primera clase, no viajan en clase turista como Roberto, aunque de turista el tenía muy poco o nada. Las fronteras nos separan, colocan a las personas en aceras distintas, generan tensiones y diferencias por el estridente ruido del dinero.
Roberto abordó el metro de la Línea 1 en Trinitat Vella, iba hasta la estación de la Urquinaona. Se sentó junto a la ventana, le encantaba perder su mirada en los túneles del metro, esa pequeña ausencia le alejaba de la pena y la tristeza que le embargaba. Había tardes, en las deseaba que aquel viaje no terminara, por ejemplo, cuando regresaba de las fallidas entrevistas de trabajo o de las tomaduras de pelo sufridas a mano de los distribuidores de publicidad que contratan “sin papeles” para luego no pagarles. La oscuridad se había convertido en su refugio y su soledad en la catedral donde purgaba sus penas. Miró el reloj y sin precisar la hora suspiró, mantuvo levemente inclinada la cabeza durante el viaje, prefería no mirar a la gente a la cara, para que nadie le mirara. Sufría una especie de vergüenza por su situación y condición que a menudo le distraía y le hacía saltarse la estación de parada. Aquel día la precisión sería mortal.
Por las mañanas el metro es invadido por miles de personas de todas las nacionalidades, de alguna manera se ha convertido en un gran plaza rodante en la que se exhiben todo tipo de estilos, colores personalidades. Distintas lenguas, acentos que gustan, disgustan, inquietan o molestan se entrecruzan entre el zumbido de los rieles. El metro sienta las diferencias en sus vagones, la gente se aproxima aun cuando no quiere y tararea las canciones de los distintos artistas que llevan su música y sus necesidades al metro.
El tren se detuvo lentamente, Roberto alzó la mirada y descubrió que había llegado a su parada. En un rápido movimiento alcanzó la puerta y salio del tren. Sus pasos le llevaron por el anden camino de la salida. Cada paso le adentraba en un campo de luz exterior que anunciaba la vuelta a las calles de Barcelona. Aquella mañana, Roberto iba a la peluquería de Lorenzo. Así lo hacía cada quince días. Intentaba mantener un buen aspecto físico, decía que la apariencia era importante en la vida de las personas, que ayudaba a abrir o cerrar puertas. Quizás quería esconder en la imagen su fracaso. El buen vestir de poco de le había servido. La verdad es que en las sociedades desarrolladas importan más lo números y los códigos. Roberto no tenía ninguno, al menos alguno que le vinculara con la ciudad y sus actividades. Se sentía como en una especie de limbo, perdido en si mismo y en la ciudad. Como puede una ciudad libre hacer preso a las personas. Como la ausencia de un número o de un código puede hacerte perder la libertad. Como la libertad se condiciona por ser diferente, por no ser de donde se está.
La luz penetró en sus ojos e iluminó su mirada, frunció el seño y caminó hasta alcanzar la estabilidad corporal perdida en el vaivén del tren. Buscó entre los árboles y edificios el rumbo que iba a seguir en dirección a su destino. Sin intuición alguna caminó dejando la plaza atrás y adentrándose en la Vía Laietana. La mirada se le perdió en la inmensidad de la calle. Aquel punto de la ciudad siempre le causaba tensión, temía a ser parado por los Mossos o la Guardia Urbana, de ser arrestado y verse forzado a la deportación. Por eso no acostumbraba a caminar por las grandes avenidas, patrulladas frecuentemente por las fuerzas de seguridad. Roberto nunca había estado detenido en Santo Domingo. Ahora se enfrentaba a la posibilidad de estarlo en Barcelona y por el grave delito de permanecer indocumentado en la ciudad. Su detención en esas condiciones le haría merecedor de un tratamiento criminal. Se enfrentaría a un proceso de expulsión que el mejor de los casos lo dejaría a expensas de un orden judicial que se ejecutaría en el tiempo y le arrinconaría aún más en su ingente esfuerzo por abrirse camino en un mundo divido por fronteras y calles, por números y códigos que oprimen y marginan.
Caminó sin mirar atrás y a ningún otro lado. Fijó su mirada en el horizonte que desvelaba el puerto y detrás el mar, el Mediterráneo, siempre azul y bravo. Recordó en ese momento la emoción que sintió a su llegaba, el giro del avión en la costa de Barcelona. Perdido en su memoria dejó la acera y entró en la calle. Todo sucedió de repente, el golpe, el frenazo y la bocina se confundieron en un solo sonido. Roberto saltó por el aire, su cuerpo dio un giro como aquel que su mente recreaba, al parecer ambos giros estaban entrelazados. Su cuerpo voló por el aire sin necesidad de alas ni de avión. Su mirada se estampó en cada pared de la calle que le vio intentar cruzar por última vez. Es tan corto el espacio entre la vida y la muerte, que a veces resulta difícil hacer planes de futuro sin sentirse atrapado en el sufrimiento que el temor a la muerte nos impone.
Hubo gente que corrió hasta donde cayó el cuerpo, otros cambiaron de acera y siguieron caminando. Un hombre le reclamaba al que había atropellado a Roberto que se colocara a un lado de la calle para que no obstruyera tanto el transito. El cuerpo moribundo no lo hacía, se detuvo en la cuneta de la acera derecha de la Vía Laietana. Roberto cayo muerto el suelo, el aliento de vida lo perdió en el aire, no se si en ese o en su anterior viaje. La gente miraba el cuerpo ensangrentado y le resultaba más extraño que nunca, de todos modos, las probabilidades de que alguien lo reconociera, eran muy escasas. Nadie en la ciudad pudo reconocerlo vivo, muerto lo reconocerían menos. Su cuerpo iría a parar en algún extraño lugar, cubierto por una tierra que no sería la suya, es decir, la que lo vio nacer. Tan solo sería extrañado, por aquellos que ya los extrañaban, aquellos que se encontraban lejos, en la otra acera, en su extrañada ciudad. Pasaría los días y la historia de Roberto se perdería como la de muchos otros y otras que mueren muertos y en vida lejos de sus tierras.