Dorelia Barahona Riera
Tiempo de no besar
La clepsidra tiene su origen en el latín: clips: ladrón, hidra: agua. En la antigua Roma los magistrados solían demandar la palabra. El tiempo que tenían para ejercer su derecho estaba medido por un aparato que se sumergía en agua, a medida que pasaba el tiempo, y que se iba llenando de agua por sus múltiples orificios como un colador. Al hundirse por completo se acabada el tiempo de participar. Por eso se les llamaba ladrones de agua y por eso los magistrados pedían agua si querían seguir argumentando. También utilizaban relojes de arena, se les llamaba clepsamias pero eran usados para otras labores.
Aprender al medir el tiempo es parte importante de todo aprendizaje a nivel científico, cultural y de la vida misma. Antes clepsidras, ahora relojes digitales, seguimos midiendo el tiempo, aunque ya no es el absoluto que percibiera Galileo, ni el tema de debates filosóficos como elemento inherente a toda relación humana de conocimiento.
El tiempo es un conteo con un principio y un final para el que lo usa. Todos disponemos de clepsidras mentales aunque haya alguno que otro que viva sin reloj de ningún tipo, llegando tarde o quedando de llegar a varios lugares al mismo tiempo, o no dándose por enterado de que su tiempo ya se acabó. Ni largas ni cortas, cada quien sabe cuando le llegó la hora.
Por eso ya va siendo la hora de que usemos estos ladrones de tiempo, pero para robar el tiempo a quien nos lo está robando: en las filas de espera, en las respuestas de solicitudes urgentes, en las largas y vanas argumentaciones de políticos y magistrados, en los diagnósticos abusivos, en los medicamentos abusivos, en las relaciones gine y antropofágicas, en los tiempos para cada cosa, como si la vida fuera un programa de Ópera.
Ahora nos dicen que es tiempo de no besar, de no dar la mano y de no contagiarse. ¡Yo grito y pido agua!, ¡pido tiempo!
Una clepsidra para mí, porque quiero robarme el tiempo que me arrebataron los dueños del mundo, pelota de tierra amada que no tiene dueño y que es de todos.
Pido tiempo, tiempo para vivir, para trabajar, para tomar agua pura gratuita y comer y dormir y no sentir frío, ni miedo de confiar, ni miedo de besar, ni miedo de tener que seguir oyendo los letánicos discursos de los enfermos mercaderes. ¡Denme una clepsidra para robarme el tiempo que me han robado los ladrones de tiempo!