“La actual política urbanística es aún más cruel que la del franquismo”
Por Mariana Cantero
Licenciado en Historia del Arte y Doctor en Antropología Social por la Universidad de Barcelona. Autor de numerosos libros, artículos periodísticos y ensayos. Además forma parte de diversos grupos de investigación sobre urbanismo y exclusión, y es miembro de la Comisión de Estudio sobre la Inmigración del Parlamento de Cataluña.
Como palabra calificada para la crítica, el antropológo catalán Manuel Delgado ha escrito varios artículos sobre el tema de la vivienda y el uso que hacen las administraciones del suelo y el espacio público. En esta línea, explica que “el Ayuntamiento de Barcelona prima el desplazamiento en coche aunque afirme lo contrario. Un conflicto reciente, como el del Forat de la Vergonya (El agujero de la vergüenza), es un buen ejemplo. El problema del Forat ha nacido justamente por la construcción de un párking para facilitar el acceso al turismo cultural más o menos exquisito que hay en torno al Museo Picasso y la calle Montcada”.
En el fondo, la intención de la Administración no es favorecer la movilidad sostenible, dice Delgado. Y explica que “la operación no cuajó como consecuencia de la resistencia de los vecinos, que se apropiaron de un espacio que consideraban suyo y del que hicieron un insólito vergel urbano. Jardín, huerto, zona de juegos infantiles, tarima para espectáculos, canchas, mobiliario... Todo había sido elaborado a mano por los vecinos, con unos criterios estéticos a años luz de los llamados 'espacios públicos de calidad', cuya característica suele ser que parecen diseñados para ahuyentar a sus posibles usuarios. Allí se podía ver en todo momento a gente de todas las edades convirtiendo la plaza en un lugar de sociabilidad que, por otra parte, representaba la encarnación del multiculturalismo real, no el de los prospectos oficiales".
Eso, dice Delgado, es lo que las autoridades no son capaces de soportar: que se cree espontáneamente un espacio autogestionado. La Administración, según Delgado, sólo tolera las formas de estar en el espacio urbano “homologadas previamente por sus técnicos en ciudadanía y sus expertos en convivencia”. El Ayuntamiento “no podía tolerar un espacio público que fuera realmente público, es decir, del público. Pero “una cosa es lo que dicen y otra lo que hacen”.
¿Cómo se desestructura, entonces, este doble discurso? Delgado explica que “la izquierda siempre ha hecho con el poder lo que la derecha jamás se ha atrevido a hacer, porque en el fondo se siente legitimada. Por eso es curioso contrastar el gobierno municipal actual con lo que habían sido los gobiernos municipales durante el franquismo. La actual política no es otra cosa que la continuación de la otra, pero radicalizada. Es más, aún más cruel”.
Sin embargo, para contrarrestar las protestas y los nuevos movimientos que han salido a reclamar por el tema de la vivienda, se ha desarrollado un discurso de cara a la preocupación por estos temas. “Creo que la promoción pública de vivienda se sitúa en relación al 3% del total. Es miserable. Otra cosa es que digan que tienen proyectos para favorecer la vivienda de promoción oficial. Pero todo lo que están haciendo va en dirección contraria”. Y agrega que “ojalá hubiera ciudades dormitorio, incluso barraquismo, como antes. Lo que es divertido de toda esta historia es que al final uno hace una defensa de ese tipo de ciudades, con los bloques de casas inhumanos y sórdidos. Porque aunque eran soluciones miserables, eran soluciones, alternativas. Por supuesto discutibles y mejorables, pero ahora ni siquiera hay eso”.
Si hablamos del estado actual de la corona urbanística de Barcelona y del éxodo hacia los pueblos del interior, una “solución” que ha intentado con mayor o menor suerte gran parte de la población, la visión de Delgado no es mucho más optimista. “Estas zonas se están colonizando por una serie de construcciones absolutamente detestables. La negación de la ciudad. Las ciudades compactas, en el fondo, son mil veces más sostenibles que el modelo de casa adosada que se está realizando ahora en ciertas zonas rurales. Esos barrios de viviendas unifamiliares aisladas en los que no existe nada que se pueda parecer a la vida... Eso es la negación de la existencia social”.
Barcelona, posa’t bella
Cualquiera que haya vivido en Barcelona en los seis años recientes ha visto cómo, poco a poco pero sin descanso, los vecinos de los barrios céntricos y populares, aquellos de toda la vida, se han visto obligados a marchar de sus casas. Los mecanismos utilizados para hacer presión por parte de los grandes especuladores, que han considerado que era hora de limpiar la ciudad de pobres y sacar el jugo a los viejos pisos, van desde el famoso mobbing inmobiliario a la venta de los pisos con inquilinos y todo.
Delgado lo explica diciendo que la llamada Ley de barrios “no es sino una forma disimulada de rehabilitación, que consiste en inyectar en esos sitios vecinos de clase media de forma esponjada. Cosa que nunca harán, por ejemplo, en los barrios altos, que no recibirán inyecciones de vecinos pobres. Siempre venden la idea de que hay que heterogeneizar los barrios y garantizar la diversidad. Pero en el fondo lo que hay es una idea de hacerlo en los barrios más pobres, que pueden de pronto verse convertidos en barrios atractivos para ciertas clases medias. Les suena atractivo, y presumen de que, con un pasado de izquierdas, con un éxito profesional y una posición, pueden permitirse el lujo de redimirse a sí mismos viviendo en barrios populares, aunque sea en casas con piscina”.
Delgado encuentra la causa profunda de esta política municipal en “que las ciudades no tienen otra cosa que ofrecer que no sea su propia piel, su propia carne, su propio esqueleto. Las ciudades se tercerizan, con lo cual prácticamente no están en condiciones de producir nada. Ya no tenemos fábricas ni industrias. Las ciudades ya no pueden más que venderse a sí mismas. Barcelona ya no tiene nada que ofrecer, más que imagen, más que suelo y negocio. Yo creo que este es un fenómeno poco menos que universal; las ciudades han terminado vendiendo su imagen, lo que proyectan como espacio. Los pobres son obligados a exiliarse porque contrastan con lo que es un buen producto de consumo, que es en lo que se quiere convertir la ciudad”.
Pero también es verdad que un cierto grado de gamberrismo nunca queda mal, sino que se vende como pintoresco. “Una dosis controlada y controlable de pobres, que den un toque canalla al barrio, que marquen lo que fue, y otra de inmigrantes, que le dan ese aire de multiculturalidad y color local, siempre vienen bien. Pero siempre lo que venden es pura superfície, pura representación, casi cartón piedra. Es mentira. Los planes urbanísticos no pueden acabar con la miseria, sino apartarla, esconderla, porque no es ése su objetivo, sino perseguirla y penalizarla”.